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Talento y poder. Antonio Beltrán


En filosofía son conocidas dos posturas básicas - entre otras más matizadas - referidas a la adecuación entre las teorías científicas y el mundo real; el problema es de índole epistemológico, con su correlato ontológico. Por un lado, el realismo propugna que la ciencia describe la realidad tal y como es; por el otro, el instrumentalismo concibe las teorías y modelos de la ciencia como meros andamiajes útiles para la predicción de fenómenos, sin pretender asumir que nos acercan a la verdad de las cosas. Esta segunda postura fue atribuida anacrónicamente, tanto por filósofos instrumentalistas como por revisionistas católicos, a los críticos contemporáneos de Galileo. Entre los objetivos se hallaba la exoneración de la Iglesia de uno de sus mayores errores históricos.

Es difícil exagerar la audacia intelectual de Galileo Galilei, quien no solo aportó impresionantes descubrimientos que refutaban la cosmovisión tradicional - las manchas solares, los cráteres lunares que cuestionaban la perfección etérea de los astros, los satélites de Júpiter... -, sino que abrió puentes entre disciplinas jerárquicamente separadas como eran la matemática y la física. Lo que Galileo atacaba con sus nuevas teorías del movimiento era nada menos que la física aristotélica, sagrada en las universidades, allanando el camino de la revolución científica del siglo.

'Talento y poder' es una pormenorizada obra de ochocientas páginas que sirvió de culmen a la larga investigación dedicada por Antonio Beltrán a la figura de Galileo. Centrándose en su relación con la Iglesia, recorre de paso la trayectoria intelectual del florentino, verdadero padre de la ciencia moderna, y aborda el debate filosófico y científico de su tiempo. El rigor de Beltrán se detiene en el detalle, en la discusión historiográfica de cada momento, así como los debates suscitados por las fuentes de que disponemos.

El problema viene de lejos en la medida en que se fraguó un dilatado relato exegético por parte de la Iglesia destinado a exculpar, teniendo en cuenta su contexto, a Paulo V y Urbano VIII, así como al tribunal inquisitorial que condenó a Galileo en 1633. A este respecto, y dado el calibre del caso en la historia entre la Iglesia católica y la ciencia, desde que los documentos originales salieron a la luz se produjo un intermitente bombardeo de publicaciones revisionistas. La ola revisionista más reciente nació impulsada por Juan Pablo II en los años noventa del siglo pasado, basada en hechos que hoy sabemos que fueron falseados por importantes figuras eclesiásticas del tiempo de Galileo.

En realidad, el falseamiento provenía de mucho antes; no en vano, Bruno, Kepler y el propio Galileo, por citar solo las figuras más conocidas, denunciaron cómo el luterano Andreas Osiander ya había tergiversado la obra maestra de Copérnico De revolutionibus orbium coelestium (1543) negando que éste defendiera su cosmología desde el realismo epistémico, aduciendo que solo presentaba su modelo para ''salvar las apariencias'', al modo de otros matemáticos y astrónomos posteriores del siglo XVI, como Tycho Brahe, que no dejaban de notar las graves deficiencias del modelo aristotélico-ptolemaico, del que sin embargo no se atrevían a apartarse. Juan Pablo II ensalzó así, interesadamente, la prudencia de Copérnico frente a la supuesta vanidad inmoderada de Galileo, y quiso dar un nuevo lavado de cara a la dignidad de la institución defendiendo que el proceso del florentino se dio tras una larga deliberación científica.

Lejos de este relato exegético, hoy sabemos que el proceso de Galileo fue motivado por intereses particulares y mezquindades varias, así como falsificaciones documentales, en los que el debate científico o filosófico brilló por su ausencia. Fueron sobre todo las intrigas de los jesuitas, funcionando como un ejército organizado, y finalmente el orgullo herido de Urbano VIII, los que propiciaron el desarrollo de los acontecimientos. El papa Barberini, en su ignorancia y fatuidad, nunca perdonó a Galileo no haberse dejado dominar intelectualmente por lo que él consideraba un argumento superior, el llamado ''argumento de Urbano VIII''. Este argumento - en realidad un pseudo-argumento irracionalista - venía a decir que una o varias teorías científicas podían pretender explicar los fenómenos, pero Dios, que es omnipotente, puede haberse servido de cualquiera de ellas, por lo cual es imposible defender la verdad de ninguna teoría, pues sería como pretender negar la omnipotencia divina. A pesar de los serios procesos inquisitoriales abiertos contra él, Galileo tuvo la valentía de ridiculizar el argumento del papa Barberini, poniéndolo en boca de su personaje Simplicio en el ''Diálogo de los dos máximos sistemas del mundo'' (1632). A partir de ahí, la condena fue inapelable.

Así pues, el título ''Talento y poder'' se muestra muy bien elegido, pues en la obra nos acerca a uno de los casos más claros en los que, efectivamente, el gran talento de unos pocos intentó resistir infructuosamente a la dura losa de la autoridad y el dominio; el poder que pudo escribir la historia, y que ha seguido intentándolo, aunque ya no cuente con su antiguo monopolio.


Antonio Beltrán, Talento y poder: historia de las relaciones entre Galileo y la Iglesia católica. Laetoli, 2007.

Ya en marzo de 1615 Bellarmino había decidido hacer pasar De revolutionibus por una obra fenomenalista. En segundo lugar, es prácticamente seguro que sabía que Copérnico era un realista y que como tal había presentado De revolutionibus. Pero Bellarmino - no solo como jesuita sino como protagonista de la Contrarreforma - tenía miras más altas, a las que podía sacrificarse la exactitud histórica (...) 

Si a eso añadimos que, según Bellarmino, la Iglesia era el único juez autorizado e infalible 'de todas las controversias', parece obvio que ni siquiera existe la posibilidad de iniciar la discusión y que el tema de las demostraciones era una cuestión secundaria (...) Me interesa destacar aquí que en todos estos testimonios no se hace referencia en absoluto a la más mínima discusión o discrepancia científica. El argumento que se destaca en todas estas alusiones es que no era conveniente que la Iglesia se contradijera ante los herejes: se trata de un argumento puramente político.


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