Begoña. El sonido del timbre tarda en enmudecer. A mi lado, Clara mantiene la mirada fija en la puerta cerrada, como si pudiera ver a través de ella. ¿Por qué tardará tanto en abrirnos? Al fin, se oye el chasquido de las llaves al otro lado, pero la que nos abre no es Naiara. Aupa, chicas…- Es Marta la que nos invita a entrar. ¿Llevará mucho aquí? Atravieso el descansillo, el mismo que he pisado tantas veces, y me dirijo al salón. Me sorprende que Naiara no haya puesto música a todo trapo, como suele hacer; pero allí está ella, recostada en el sillón como la ama de la casa que es, contenta por mi llegada. Me siento en el sofá y, solo después de acomodarme, se atreve a hacerlo Clara; es curioso, lleva mucho tiempo viniendo con nosotras, pero aún no ha cogido la confianza suficiente. Aunque, si lo pienso, puedo entenderla: este salón, este piso, incluso este sofá debe ser para ella como de otro mundo. Los padres de Naiara tienen dinero, y ella siempre ha gozado de ciertas comodidad...