- ¿De verdad cree usted que me engañó, Porfiri Petrovich?
El juez hizo ademán de quitarle importancia; se estaba encendiendo un cigarro, recostado en su butaca. Cualquiera que hubiese entrado en aquel momento se habría sorprendido al verle en batín y zapatillas de andar por casa; de algún modo, ese despacho era su hogar.
- No se agobie tanto, Alexander Grigorievich. Trabaja usted mucho, le espera una gran carrera; olvide por un momento el caso y relájese. ¿Le apetece un té? Sírvase... He observado el libro que lleva usted entre manos, escondido en su abrigo.
- ¡Oh! Solo es una distracción. No se imaginará que dedico mi tiempo... - El secretario parecía turbado como un colegial al que descubren haciendo algo que no debe. Al otro lado de la estancia, el juez sonreía divertido. Zametov le odiaba cuando le sorprendía con alguna observación semejante, tan ajena a la profesión. Porfiri Petrovich, juez de instrucción en San Petersburgo, era una persona poco convencional, a veces imprevisible; no ocultaba la prominente barriga ni parecía acomplejarle su baja estatura, que otros se esfuerzan por combatir irguiendo la cabeza y poniéndose de puntillas. En momentos como aquel, la mirada acuosa del juez brillaba de un modo especial; tenía algo femenino que, sin entender por qué, sacaba de quicio a Alexander Grigorievich Zametov.
- Es usted joven, Alexander Grigorievich. Y, como todos los jóvenes, se toma demasiado en serio a sí mismo. ¿Qué tiene de malo leer novelas? Sé que trabaja bien, así que no debe demostrarlo a todas horas. Seguro que también es un feliz marido y... ¿Tiene usted hijos? Bueno, ya tendrá tiempo. Yo, en cambio, soy un viejo solterón, ya ve. Pero hablemos de la novela que está leyendo. Me pareció que era 'Estudio en escarlata'...
- Sí, me la regalaron hace poco. Es de un escritor escocés, y ya sabe lo imaginativos que son esos británicos. ¿Acaso la conoce usted?
- Por supuesto... ¿Quién no conoce al insigne Sherlock Holmes? ¿Le parece buen detective? ¿Le inspira acaso en su profesión? - Porfiri Petrovich soltó una risotada.
- Es solo ficción, señor - se apresuró a responder el secretario, que ya no ocultaba el desagrado ante tan inoportuna conversación.
- La ficción a veces nos inspira, no tiene nada de malo. Conviene, eso sí, diferenciarla de la realidad. Lo del color escarlata es un fino eufemismo, hay que reconocerlo; sin embargo, no tengo gran estima por esa novela suya, un tanto desestructurada. Tampoco encontré valiosa la segunda, 'El signo de los cuatro', que me resultó aburrida, a pesar de los disfraces del detective. Sin duda prefiero los relatos cortos, las aventuras de míster Holmes, ¿las ha leído?
- Alguna he leído, lo admito.
- Es en los relatos cortos donde brilla ese escritor que usted dice que es escocés... ¿Cómo se llamaba? Vaya, no lo recuerdo. El mundo celebra a la creación, y algunos olvidamos el nombre del creador. ¡Pobre hombre! No me extrañaría que un día quisiese matar a su criatura, de puro hastío. A veces ocurre, ¿sabe? Pero he sido un poco injusto con él; su novela sobre el sabueso de Ulster, el de los Baskerville, sí me pareció un acierto, tiene atmósfera. Aunque en este caso no deja de ser gracioso que usted y yo lo disfrutemos, pues los informes del doctor Watson nos dejan en mal lugar, ¿no cree? Quiero decir, a la policía, las instituciones...
- Ciertamente, el escritor se ríe de Scotland Yard.
- Yo no diría tanto, Alexander Grigorievich, es solo una licencia dramática para mayor gloria del detective privado, una exageración. A pesar de todo, podemos aprender un poco de ello, ¿no cree?
- No entiendo a qué se refiere.
- El detective analítico, mi estimado colega, es una de las aportaciones literarias de nuestro tiempo. Los procedimientos deben actualizarse, y más ahora, en nuestras ciudades, cuando el crimen toma a veces formas nuevas: grupos nihilistas, motivos políticos, extrañas ideas... Por supuesto, el grueso de nuestro trabajo continuará siendo el mismo: vigilamos a los sospechosos habituales, conocemos cada escondrijo, cada taberna, contamos con colaboradores, orejas dispersas aquí y allí. Pero tenemos limitaciones, Alexander Grigorievich, y ya sabe que soy partidario del progreso y las ciencias positivas. La psicología, sin ir más lejos, será algún día esencial en nuestro oficio.
- ¿Lo dice usted por el caso que nos ocupa? ¿Entonces cree usted que me engañó? Tenemos al pintor y no hay ninguna prueba...
- Quiere usted matemáticas, pero un proceso no siempre se resuelve con cálculos exactos. Ya que le gusta Sherlock Holmes, le recomiendo que lea usted los relatos que el genio de Boston dedicó a Auguste Dupin.
- ¿Se refiere a ese borracho que escribía sobre fantasmas y dementes?
- Hace mal en subestimar a ese borracho, mi joven amigo. Sin ese borracho, entre otras cosas, jamás habría existido su querido Sherlock Holmes.
- Deje que le lea un fragmento de 'Estudio en escarlata', Porfiri Petrovich -. El secretario, picado por la conversación y deseoso de triunfar sobre su jefe, había saltado como un resorte, olvidando su habitual precaución, sin calcular ya qué debía o no contestarle. Se levantó y corrió hacia su abrigo, colgado en el perchero, del que tomó el libro. El juez apuraba el cigarro y parecía divertirse viendo tan alterado a su subalterno. Volviéndose a sentar, Zametov buscó entre las páginas y leyó en voz alta.
'Sin duda usted cree hacerme un cumplido al compararme con Dupin - arguyó -. Pero, en mi opinión, Dupin no valía gran cosa. Ese truco suyo de irrumpir en los pensamientos de sus amigos con una observación pertinente, tras un cuarto de hora de silencio, es realmente muy artificioso y superficial. No carece, sin duda, de cierto talento analítico, pero no era, en modo alguno, el prodigio que Poe parecía imaginar'.
- ¿Eso lo dice el propio Sherlock Holmes?
- Así es. Ya ve que se ríe de su Dupin, al que considera superficial.
- Yo en cambio lo considero un guiño obligado. El escocés no puede ocultar todo lo que debe a Poe. Hay parecidos innegables: ambos son detectives asesores que combinan deducción con efectismo y son consultados frecuentemente por la policía. En el caso de Dupin, sus investigaciones se deben a un simple pasatiempo, mientras que Holmes se gana la vida con ello. Ambos pecan de narcisismo y cierta falta de sensibilidad. Dupin se alegra de vencer en su propio terreno a los inspectores de la policía, mientras que Holmes desprecia a los de Scotland Yard. Por último, podríamos mencionar que tanto Dupin como Holmes son aficionados a la química y fumadores compulsivos, aunque Holmes sufre, además, adicción a la cocaína. En cierta forma, el escocés ha necesitado añadir nuevos vicios para humanizar a su personaje, ¿no lo cree así? Pero las diferencias también son notables...
- ¿A qué diferencias alude usted? - preguntó el secretario calmando su tono de voz, arrepentido de haber leído el fragmento y temiendo haber hecho el ridículo ante el juez.
- Yo diría que la diferencia más destacable está en la formación e intereses de los dos protagonistas. Holmes es una máquina, un ser moldeado a sí mismo para ser perfecto en su trabajo y en nada más, creyendo que el cerebro es limitado y los datos contenidos en él deben escogerse concienzudamente, lo cual es un error. Curiosamente, la única excepción es el interés por el violín, que utiliza para reposar de otras actividades y ayudarse a ordenar las ideas. Y, como en todo lo demás, su perfeccionismo le lleva a ser músico solvente, y su narcisismo a considerarse aún mejor de lo que seguramente sea. Si sumamos a esto un carácter que pasa con rapidez de la energía a la apatía, nos encontramos en suma a un personaje bien construido. Pero también es un personaje práctico hasta el ridículo, un exponente del positivismo inglés. Especialista en cenizas de cigarro, huellas y datos pormenorizados, desprecia abiertamente todo lo que se salga stricto sensu de su trabajo habitual. En cierto momento de esa novela que está usted leyendo, 'Estudio en escarlata', Watson descubre por casualidad que Holmes ignora amplios conocimientos generales que cualquier simple estudiante debería conocer. Por ignorar, ignora incluso la teoría copernicana. Busque si quiere y lea ese fragmento, ¿lo recuerda?
(- ¿Qué diablos me importa a mí? - me interrumpió impaciente -. Usted dice que giramos alrededor del Sol. Si girásemos alrededor de la Luna, ello no supondría la más insignificante diferencia para mí o para mi trabajo'.)
- Bueno, pero si eso le aporta resultados, no veo dónde está el problema.
- Dupin, sin embargo, tiene unas miras más amplias - siguió diciendo el juez, ignorando la última intervención del secretario -. No niego que hasta cierto punto pueda ser algo artificioso, y es cierto que carece del desarrollo de Holmes como personaje, pero asimismo defiendo otro punto de vista. Auguste Dupin es una res cogitans en la sombra, un enamorado de la noche que solo sale a pasear cuando ya ha oscurecido. Además del pensamiento analítico, el personaje destaca por su imaginación. Ambas eran virtudes que poseía el mismo escritor, quien defendía que, a veces, la mayor clarividencia puede encontrarse en los terrenos que el hombre común considera una locura. Quizá, con su desempeño lógico, ese que usted ha tildado sin miramientos como borracho pretendía equilibrar un temperamento apasionado. Porque Allan Poe era ambas cosas, un cerebro racional y un romántico empedernido.
- ¿Considera interesante la locura? Usted y su psicología... ¿En cuantos procesos judiciales la ha usado? - preguntó Zametov, que sentía que volvía a perder el control sobre sus palabras.
- En más de los que cree. De todos modos, admito que la ciencia policial todavía está en pañales. El futuro será para ella, y también para su Sherlock Holmes... Eso sí, olvide a los genios solitarios... Deberá darse un correcto trabajo en equipo de especialistas, peritos expertos en huellas y en datos minúsculos, y a picar piedra. No será tan novelesco, ni seguramente tan fascinante, pero solo llevando los procedimientos a ese nivel podremos avanzar. En cuanto a la imaginación... - el juez aplastó entre los dedos lo que quedaba del cigarro y lo tiró al suelo - siempre será necesaria una imaginación bien encauzada, ¿no cree?
- ¿Para extraviar los métodos, alejándonos de lo evidente?
- Más bien para actualizar el procedimiento, no cegándonos ante lo evidente. Ya debe saber que en nuestro trabajo, así como en las diligencias policiales, pocas veces podemos formular deducciones puras. Se lo repito, el mundo es más complejo que los juegos matemáticos, por muy limpios que resulten los casos para su adorado señor Holmes. ¿Ha oído hablar del razonamiento abductivo?
- No... - respondió el secretario, arrugando el ceño - ¿Se refiere a las intuiciones? - Lo había dicho sin pensar, pues quería dar una réplica rápida al juez. Harto de la conversación, le costaba trabajo contenerse.
- No se trata de eso, es algo más cotidiano, pues lo empleamos continuamente en la vida real. Formalmente, es la forma de razonar del investigador policial, pero también del médico. Una deducción parte de premisas válidas, para inferir necesariamente una conclusión, sin atisbo de duda; es lo que emplea el matemático cuando demuestra un teorema, por ejemplo. El razonamiento abductivo, en cambio, parte de ciertos hechos problemáticos y rastrea hacia atrás las premisas que pueden explicarlo. El médico observa los síntomas y se aventura a conjeturar su causa más probable, que es la enfermedad; del mismo modo, un detective real se topa con un enigma y maneja distintas explicaciones posibles, recorriendo el camino hacia atrás, en busca de las premisas que han podido ocasionarlo. ¿Me sigue?
- Sí, es sencillo.
- Bien, pues convendrá en que navegamos en el mundo de la incertidumbre. Observamos las pistas y recorremos un camino hacia atrás que descarta las hipótesis empírica o racionalmente imposibles, para centrarnos solo en las más probables. Probabilidad y posibilidad juegan juntas y a veces lo que resulta extraordinario es en realidad un asunto muy sencillo, mientras que lo ordinario crea una ramificación compleja por la multiplicidad de posibilidades. Para razonar de este modo, además de la lógica, todos necesitamos de cierto conocimiento de mundo, pero también de imaginación, ¿lo ve ahora?
El secretario no contestó; asintió levemente con la cabeza, cruzándose de brazos.
Es preciso conocer el tiempo en que vivimos - siguió diciendo el juez - porque a veces lo que resulta oscuro... ¿Sabe lo que decía el borracho de Boston sobre esto?
- Francamente, no me interesa...
- 'Lo que tan solo es complicado, se toma equivocadamente, error muy común, por profundo'. Lea usted 'Los crímenes de la Rue Morgue', mi joven amigo, es un cuento delicioso que le ampliará las miras.
- Si con ampliar las miras se refiere a despreciar las únicas evidencias que tenemos por una intuición, no sé qué decirle. Este caso comienza a estar en boca de todos, y todo el mundo sabe ya que el pintor es el culpable. Todos menos nosotros, que acabaremos siendo el hazmerreír de ciertas gentes.
- Vuelve usted a meter el trabajo en nuestra conversación. Se lo repito, Alexander Grigorievich, relájese usted. ¿Evidencias? No me haga reír... Las evidencias son lo único que cuenta en el procedimiento, es cierto, pero ¿y si no las hay? Tenemos que rastrearlas, abrir la mente y buscar otras posibilidades. ¿Cuántos casos quedan sin resolver por mera falta de interés? Sobre todo en los barrios bajos, mi querido colega. Ya que habla usted de que nuestro pequeño caso comienza a estar en boca de todos, supongo que ha leído algo sobre ese destripador que está dejando en ridículo a la policía de Londres. Y mire usted, le hablo de algo real, y no de una novela.
- Claro, el asesino de prostitutas. No veo que...
- En absoluto, Alexander Grigorievich, y no se enfade usted tanto. Aunque... ¡Vaya! Me alegra saber que tiene sangre en las venas, después de todo. Le hacía a usted un joven serio y estirado, promesa de las nuevas generaciones, ja, ja. No se ofenda... No, de ninguna manera comparo nuestro caso con el del asesino londinense, no tienen nada que ver. Solo quiero hacerle ver que no debemos seguir el juego ni a la prensa ni a las habladurías; la gente tiene sus prejuicios. El caso del tal Jack me parece, de hecho, muy contrario al nuestro, porque la prensa inventa cada extravagancia, que ya le gustaría a Poe o al escocés ese que ha puesto de moda a su querido Sherlock Holmes.
- O sea que acepta que lo suyo también es una extravagancia...
- No entiende usted nada, joven. Cada caso es distinto. Por supuesto, me alegro sinceramente de no trabajar en las dependencias londinenses. Allá se las apañen ellos... Abra los ojos y piense en el ambiente; el ambiente explica muchas cosas. Que me aspen si ese asesino de prostitutas es un dramaturgo, un aristócrata o un médico de la alta sociedad: no es, desde luego, ninguno de los fantásticos personajes que allí ventila la imaginación colectiva.
- ¿Qué es, entonces?
- ¡Oh! ¿Qué sé yo? Si nos atenemos a la probabilidad, un pobre diablo, un marginado que vive precisamente allí, en Whitechapel, y escribe cartas desde el infierno. Sea quien sea, si lo cogiesen, el susodicho defraudaría al respetable, eso le aseguro que es... elemental, diría su detective. ¿verdad? La verdad siempre es más aburrida que el misterio, pero a fin de cuentas es la verdad, y esta saldrá a la luz antes o después.
- Quizá no lo sabremos nunca, como tampoco lo que nos concierne, a este paso.
- A veces ocurre, pero no sea usted tan pesimista. La enfermedad mental no entiende de clases sociales, aunque el ambiente sí contribuye a que sus efectos sean más nocivos. ¿Sabe cuánta gente vive hacinada en los suburbios? Es simple cuestión de estadística, y de un trabajo policial chapucero. Nuestro hombre es muy distinto, no es un sádico ni un enfermo como el que aterroriza Londres; tampoco un ladrón, pero el ambiente puede explicar algunas cosas.
- Ambiente, psicología... Acabará admitiendo que está usted equivocado, Porfiri Petrovich, y que se trata de otra cadena de hechos sin relación alguna. ¿Un anillo y un reloj? ¿Cuántos objetos y nombres hemos manejado? ¿Cuántos clientes distintos tenía Aliona Ivánovna? ¿Por qué esa obsesión suya con ese en particular? ¿Por qué da tanta importancia a un artículo publicado en una revista? Yo hablé con él ayer en la taberna; no tenemos nada...
- Y yo le repito que le ha engañado, y que mi corazonada se basa en argumentos que no puedo ignorar. Recuerde: es preciso conocer los tiempos que vivimos, estar al día. ¿Entiende ahora por qué su Sherlock Holmes es ridículo pretendiendo ignorar la teoría copernicana? - el juez se recostó aún más en la butaca, sonriendo ampliamente.
Claro que también es posible que yo esté equivocado - siguió diciendo, tras meditar un momento - pero no se preocupe si mi sospechoso le ha engañado: es inteligente; no espere que actúe como un delincuente tipo, porque no lo es. Olvide al pintor, que no es más que una pobre víctima. Nada cuadra con él, más allá de pruebas circunstanciales. Todavía no tengo las evidencias que busco, pero el otro vendrá a mí, Alexander Grigorievich, eso se lo aseguro, y entonces lo miraré a los ojos y... - el juez hizo un gesto con la mano, como quien espanta una idea - . ¡Bah! Ahora relájese, porque esta tarde nos espera papeleo. Después de este recreo de tintes policiacos, ya va siendo hora de retomar el aburrido y cotidiano atestado policial. Quizá debamos comer algo antes...
- Avisaré para que nos traigan café y un poco de kolbasá.
- Lo crea o no, acabará echando de menos nuestra conversación sobre literatura, Alexander Grigorievich: mi Dupin y su Sherlock Holmes. ¿Se imagina que algún doctor Watson escribiese sobre nuestro caso? Por supuesto, usted y yo no somos tan interesantes, pero yo titularía nuestras divagaciones 'Entretenimiento policiaco', o... ¿Por qué no? 'Atestado policíaco' - el juez celebró su propia ocurrencia, y luego volvió el silencio....
Tenso silencio, porque, apenas terminadas de decir las últimas palabras, juez y secretario callaron de pronto, cada cual sentado en su lugar. Ambos giraron la cabeza en la misma dirección. Fuera, en el pasillo, se escuchaban sonoras carcajadas. Luego, tras unos pasos, se abrió la puerta, y entró el desgarbado Razumijin acompañado de quien parecía ser un buen amigo. La conversación entre los visitantes era animada - 'demasiado animada para ser natural', pensó el juez, que se levantó para recibir a las visitas -. El desconocido se paró frente a él y le tendió la mano, enarbolando una sonrisa burlona; era joven y vestía ropa vieja, muy desgastada, pero actuaba como quien no tiene de qué avergonzarse. Porfiri Petrovich y él se miraron fijamente; parecieron reconocerse al instante, aunque hasta entonces jamás se hubieran visto.
- Rodión Romanovich Raskólnikov, por fin nos conocemos.





Buenas tardes Rodión, vengo del blog de Chafardero....
ResponderEliminarY por curiosidad entre a ver tu blog y tengo que decirte que he disfrutado de tu relato.
Ya que lo he encontrado muy interesante, pero tengo una duda este relato tiene continuación
o termina aquí, ya que tengo la impresión de que Rodión el que acaba de conocer Petrovich, podría ser el
el asesino pintor, yo tampoco descarto que Jack el destripador fuera un demente o que no actuará solo.
Esa como sea lo he disfrutado mucho, sin duda si tu me lo permites desde hoy te sigo como seguidora.
Hace unos días hice un micro para el blog el tintero de oro y escogí hacer un relato de Jack el destripador.
Mi relato lleva de nombre el carnicero, hace un giño a este asesino en serie.
Te deseo buenas tardes saludos de flor.
Espero volver pronto por aquí.
Se me olvidó decirte que soy la del árbol lleno de flores
EliminarLa número 9, Jajajaja ja hasta pronto.
Muchas gracias, Flor, me alegro de que te haya gustado, y encantado de que te suscribas. ¿Así que tienes un relato tú también sobre Jack el destripador? Me pasaré a leerlo.
EliminarMi cuento no tendrá continuación. Para él he reinterpretado, e imaginado de modo personal, algunos personajes de 'Crimen y castigo'. O sea que el marco del relato podría entenderse como una suerte de capítulo apócrifo, si se quiere. O no, porque tampoco hace falta y, aparte, me he tomado demasiadas licencias cronológicas. En cualquier caso, el pintor parece ser un falso sospechoso, mientras que ese tal Rodión... Nos queda la duda.
Un saludo.
Es un dialogo muy atrayente donde has sabido plantear los resortes que se esconden el novela policiaca al menos hasta el siglo XX aunque en este siglo autores y autoras como Agatha Christie, Dorothy Sayers o Josephine Tey prosiguieron con ese estilo de Conan Doyle.
ResponderEliminarUn estilo, por lo demás, algo mecanizado donde el juego de la razón tapa los recursos propios de la novela moderna más guiados por la reacción emocional ante los problemas, cosa que Poe también supo sacarle partido. Y ya que citas el tema de los emigrantes en los relatos de Holmes se recurre bastante a aquella falacia de la frenología por lo cual la maldad se refleja en la constitución física de las personas sobre todo asociado a gente de otras tierras con instintos criminales.
Lamentablemente en la novela negra moderna también abundan los clichés. Una exagerada morbosidad en algunos casos, obvia en l novela nórdica, y cierta recreación en la miseria de los héroes, siempre a punto de romperse.
Saludos
Gracias, Doctor, eso he intentado. De las autoras que nombras, solo leí varias novelas de Agatha Christie durante la adolescencia. En general, más allá de los clásicos, he leído poco del género, y casi nada de época contemporánea.
EliminarEs verdad lo del estilo ''mecanizado''. Uno de los autores que se escapan de eso, aunque no se le suela ubicar en el policíaco, sino en la novela de espías (la diferencia aquí es simple cuestión de etiquetas comerciales, sin ninguna importancia) es John Le Carré, que me gusta bastante, y maneja bien el plano emocional de los personajes.
Desconozco de qué pie cojea ahora la novela de origen nórdico, pero imagino a qué te refieres. Hombre... Creo que el morbo es, de algún modo, inevitable en la novela negra: ya solo la fascinación que ejerce el crimen y el lado oscuro del ser humano son motivos morbosos. Ahora bien, esto puede trabajarse de forma sutil o bien explotarse burdamente, y entonces, en algunos casos, pierde interés. Es lo que pasó en el cine con el género del thriller: la película ''Seven'' - que no me gusta especialmente - generó escuela y se explotó la sordidez pintada a brocha gorda, en forma de casquería y muchas veces tramas inverosímiles.
Un saludo.
Muy bueno tu primer acercamiento a la ficción, aunque sea un ensayo disfrazado de diálogo. Si bien el origen del género detectivesco hay que buscarlo en el borracho de Boston, Doyle le dio carta de naturaleza. Holmes es un gran personaje, irritante y atractivo a la vez, simple y complejo, con el contrapunto de Watson. Tiene razón tu personaje, sus relatos son mejores que las novelas.
ResponderEliminarComo apunte, la visión de un juez de San Petersburgo me parece muy avanzada para él, por muy informado que pudiera estar. Creo que has puesto reflexiones del autor en boca del personaje. Y términos como fenómeno mediático no creo que se utilizarán en la época. Por lo demás, te animo a seguir con la ficción ensayística, el asunto gana en amenidad.
Muchas gracias, Chafardero. No es mi primer acercamiento, pero hacía años que no me animaba con la ficción, aunque sea una ficción tan humilde como la de esta entrada.
EliminarEfectivamente, tanto esa, como otras frases del juez, están fuera de época. El razonamiento abductivo era ya conocido, pero creo que tampoco se comenzó a popularizar el término hasta el siglo XX. Me he tomado esas licencias abiertamente, sin pretender realismo histórico más allá de algunos elementos de la ambientación. También sería imposible que el juez y el secretario conocieran a Doyle: he tomado los personajes de ''Crimen y castigo'', haciéndolos míos, pero esta escena ficticia debería ocurrir veinte años antes tanto de las primeras publicaciones de Sherlock Holmes como del ''Otoño del Terror'' en Londres.
Un saludo.
No recordaba al personaje de Dupin inventado por "el borracho ese". Menudo elemento. Creo que hay un mundo entre la categoría del borracho y el señor Doyle, pero esto es una mera opinión. Y desde luego ese comentario despreciativo de Holmes sobre Dupin me parece ridículo, porque se está definiendo a sí mismo.
ResponderEliminarNo soy muy fan del género detectivesco, y he leído poca literatura sobre ello. Ni siquiera una Patricia Highsmith me ha llegado mucho, a pesar de que su estilo y su fondo son infinitamente más altos. En cambio del borracho me lo he leído casi todo, incluyendo su poesía, y también a pesar de ese cruce entre gótico y romántico, que tampoco me van mucho. Su dominio del relato corto es magistral, y supongo que cuando un escritor es muy grande casi no se fija uno en qué estilo está utilizando.
Comparto tu opinión: yo también creo que hay un mundo entre Poe y Doyle. Sin quitar méritos a este último (como dice Chafardero, su aportación desarrolló el género detectivesco, que no es poca cosa, y tiene cuentos que me encantan), la imaginación y el estilo de Poe son más amplios, cimentó varios géneros y sus cuentos a veces son inclasificables. De él también he leído casi todo, en la célebre traducción de Julio Cortázar (uno de sus tardíos discípulos) y otras posteriores, pero debería animarme algún día con su poesía en inglés original, porque hasta ahora no me he atrevido.
EliminarMe apunto tu recomendación de Patricia Highsmith para el futuro. Como le decía al Doctor Krapp, apenas he leído género policíaco moderno.
Un saludo.