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Caleb Williams, de William Godwin

 Recuerdo que, hace años, cierto profesor universitario con el que traté, especializado en la ópera romántica, respondió con algo de desdén a mi interés por la novela gótica. 'Eso fue cosa de ilustrados', dijo, restándole importancia. Aunque hay algo de verdad en esa afirmación, en realidad no es muy afortunada, ya que tanto la literatura gótica como la romántica pueden entenderse como reacciones al racionalismo neoclásico. Ya hemos comentado aquí cómo Radcliffe, siendo la autora más influyente del gótico, no puede desvincularse de la estética romántica. Pero, más allá de los recursos estéticos, una de las distinciones más claras es que el gótico no tenía por qué socavar la base racional del mundo: el terror aparece para alterar el orden moral, pero en último término existen un bien y un mal definidos. Esta distinción que acabo de hacer no siempre será apropiada, aunque puede servir para aclarar un poco la confusión. Dicho esto, hoy recomendaré un ejemplo de novela gótica ingle
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La religiosa, de Diderot

 Tenía pensado publicar al menos una entrega más de la serie ‘Pasadizos góticos’, pero me estaba quedando tan extensa que he decidido retomar el formato breve. En las siguientes entradas recomendaré varias novelas que, siendo más o menos de la misma época, no están limitadas por los códigos del género gótico. Otro punto en común es que muestran los horrores del Antiguo Régimen y, aun teniendo distinto calibre e importancia, fueron controvertidas y ocasionaros problemas a sus autores.  Vamos a comenzar por una novela que aprecio mucho. Denis Diderot escribió ‘La religiosa’ en la década de los sesenta del siglo dieciocho, pero esta obra no pudo ser publicada sino póstumamente, en 1796; hubiese sido imposible que apareciese antes.  ‘La religiosa’ promueve la denuncia a través de la emoción, y no ha envejecido nada en su grito de fondo. El autor se inspiró en la historia real de Susana Simonin, una monja francesa que solicitaba ser retirada de sus votos. En una época en la que las leyes de

Pasadizos góticos (III): descenso a los infiernos

 El motivo de la doncella perseguida, trabajado por Radcliffe, fue una de las obsesiones de la literatura que nos ocupa - que no la única -, pero incluso en esas historias se destaca con especial relieve la figura del villano, con sus Manfred, Montoni o Schedoni. Pues bien, otro de los temas capitales del gótico se centró precisamente en el villano como protagonista en caída libre hacia el mal, y de este leitmotiv hoy destacaremos tres obras clave.  Como en esta pequeña serie, si me siguen, realizo torpes intentos de inmersión para enmarcar las lecturas, aquí les propongo que entremos en una iglesia durante un oficio vespertino. ¿Hace cuánto que no van a misa? Me parece que les he pillado, pero no piensen en una parroquia urbanita y un entusiasta coro juvenil cantando versiones de los Beatles con letras evangélicas. Imaginen algo más decadente, quizá en una aldea que no alcanza los cien habitantes; imaginen una de esas iglesias que nunca aparecerán en una guía de patrimonio turístico,

Pasadizos góticos (II): heroínas en apuros

  Las fuertes nevadas han complicado nuestra travesía por los desolados páramos; estamos exhaustos y calados hasta los huesos. No quiero inquietarles, pero además sospecho que somos seguidos de cerca por un grupo de bandidos. En tales circunstancias, convendrán conmigo en que ese castillo en lontananza, recortado por los jirones de la noche, puede ser un refugio seguro. Así que aquí estamos otra vez, en esta pequeña serie de entradas donde repasamos algunos de los clásicos del primer gótico, sin ningún ánimo de exhaustividad, que por otro lado no podría permitirme. Nos quitaremos el sombrero antes de atravesar el portón principal, porque lo primero es el respeto a los maestros y, porque, si me aceptan la alegoría del castillo, ahora entramos por la puerta grande para rendir pleitesía a la anfitriona de la casa, la reina del gótico.  Como un antojo del destino, Ann Radcliffe nació en 1764, el año en que Horace Walpole publicó ‘El castillo de Otranto’. Durante su infancia y juventud surg

Pasadizos góticos (I): grietas en la casa

Castillos herrumbrosos, noches tormentosas y secretos ocultos en un viejo arcón. El género gótico nos ha legado muchos lugares comunes, pero los amantes de lo siniestro no dejamos de disfrutar recorriendo sus intrincados pasadizos. En esta serie de entradas les propongo un breve recorrido a través de unas pocas obras del primer periodo, que nos llevarán a veces a otros lugares, como todo buen pasadizo. Así que prepárense para acompañarme, a poder ser portando una antorcha, aunque les advierto que el viento ululante se cuela por las grietas y pueden quedar sumergidos en la oscuridad. Es verdad que, en sentido amplio, el gusto por lo escabroso no tiene nacionalidad, pero podemos afirmar sin tapujos que la paternidad del género es más británica que el té de las cinco. En parte, supongo que tuvo que ver el hecho de que Inglaterra avanzaba rápido hacia la modernidad, y si a sus libertades sumamos el puritanismo, que ya había producido innovaciones como la de Richardson , entenderemos mejor

Un Cristo con dos pistolas

Aún no había comenzado bachillerato cuando lo leí por primera vez, debía tener catorce o quince años. Supe algo de la película y quise leer el libro primero; creo que esperaba una inmersión en el mundo psiquiátrico al modo de 'Los renglones torcidos de Dios', de Luca de Tena, pero aquella novela era diferente, me marcó de manera especial. Por alguna razón, se me ocurrió la extravagancia de adaptarla al teatro. En aquel entonces, escribía pequeñas historietas que compartía con unos pocos amigos, aunque la idea de crear una obra de teatro era algo nuevo, y de hecho nunca más lo volví a intentar. Me entretuve dividiendo los actos y las escenas, diseñando los diálogos e intentando salvar el reto de esa jornada de pesca en la que los personajes abandonan el espacio principal de la acción. Todo esto, contado ahora, tiene su gracia: imagínense qué obra más chapucera podría pergeñar un chaval de catorce años.  Como con otros tantos proyectos, nunca terminé aquella adaptación, en parte

Stoner: la vida sin epitafio

  Tenía pensado comenzar una nueva serie de entradas, pero lo dejaré para otra ocasión, porque leyendo el blog Juguetes del viento , tanto alguno de sus últimos textos como sobre todo su Carta a Walser , he recordado cierto libro que leí hace algunos años. Realmente no hay una relación directa entre este libro y la carta que escribió la autora del blog, pero, si me permite tomar prestada su propia expresión, sí hay cierta ‘conexión inconexa’, que entenderán mejor si leen la mencionada carta (he dejado el link arriba). Aprovecho para recomendarles que se den un garbeo por Juguetes del viento, un espacio donde caben reflexiones personales, curiosidades filológicas y pequeñas ficciones, todo ello a través de una voz cálida y desde la experticia literaria. El libro en cuestión es Stoner , una novela que en su momento se publicó sin ruido y pasó a engrosar el limbo de los libros olvidados. Su autor, John Edward Williams, murió en la década de los noventa dejando unas pocas obras escritas y