Urko. El vapor es tan denso que no consigo desempañar el espejo; lo froto con la mano y algo parecido a mi cara se esconde tras el vaho y las gotas de agua. Disparo el Axe contra las axilas, para terminar de cargar el aire, y tío, hoy estoy que me salgo. La ama lleva un rato al loro con eso de que gasto mucha agua, así que salgo escopetado del baño, liberando la humedad como quien escapa de una sauna. Consigo llegar al cuarto sin toparme con nadie y me visto deprisa; camiseta nueva, la pulsera de la Bego y los pantacas de los sábados. Giro la cabeza y ahí está, como una aparición; la ama me mira seria desde el quicio de la puerta. Cuando se pone así, conviene hacerse el longui. ¿Sabes cuánto tiempo has tardado en ducharte? Lo sé, ama, se me ha ido al santo al cielo – gesticulo como quien se acaba de dar cuenta de algo. ¿Ya te vas? ¿Vendrás a cenar luego? Cenaré en casa de Bego – respondo, mintiendo como un bellaco. Me despido y sorteo el pasillo hasta la entrada; el aita me dice algo, ...
Hay una escena de 'La ciudad y los perros' en la que el cadete Alberto Fernández se presenta frente al teniente Gamboa y éste descubre, entre sorprendido e indignado, que el uniforme del cadete está lejos del orden protocolario: cada pieza de la ropa es de una talla distinta, e incluso el calzado no parece corresponderse. Gamboa no se fía del cadete, pero lo que le cuenta supone para él una revelación. ¿Acaso el problema no es solo del cadete Fernández? ¿Acaso hasta ahora ha estado engañado sobre lo que de verdad ocurre en los barracones? El control, el orden, la disciplina, todo lo que es tan querido por el teniente está a punto de derrumbarse. Muchas veces lo había visto entre sus iguales, los oficiales de su quinta, pero aquello no había conseguido sino reforzarle en sus principios; podía mirar con condescendencia cómo otros perdían el norte, porque nada de eso atacaba los cimientos de la institución militar. Las entrevistas con el cadete Fernández, con su ropa desordenada, ...