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La religiosa, de Diderot

 Tenía pensado publicar al menos una entrega más de la serie ‘Pasadizos góticos’, pero me estaba quedando tan extensa que he decidido retomar el formato breve. En las siguientes entradas recomendaré varias novelas que, siendo más o menos de la misma época, no están limitadas por los códigos del género gótico. Otro punto en común es que muestran los horrores del Antiguo Régimen y, aun teniendo distinto calibre e importancia, fueron controvertidas y ocasionaros problemas a sus autores. 

Vamos a comenzar por una novela que aprecio mucho. Denis Diderot escribió ‘La religiosa’ en la década de los sesenta del siglo dieciocho, pero esta obra no pudo ser publicada sino póstumamente, en 1796; hubiese sido imposible que apareciese antes. 

‘La religiosa’ promueve la denuncia a través de la emoción, y no ha envejecido nada en su grito de fondo. El autor se inspiró en la historia real de Susana Simonin, una monja francesa que solicitaba ser retirada de sus votos. En una época en la que las leyes del Derecho Canónico iban a misa (nunca mejor dicho), los obispos decidían en muchos casos por encima del poder civil, y dentro de los muros de un convento a veces no llegaba ninguna ley. La novela está escrita en primera persona, como una larga correspondencia que la propia Susana dedica a un posible protector, el marqués de Croixmare, en la que le cuenta su vida y lo que la ha llevado al triste estado en que se encuentra.

Diderot comienza mostrando el problema de la falta de libertad del ser humano para gobernar su destino. Lo ejemplifica a la perfección el caso de su protagonista, una joven aborrecida por su padre y fruto de una relación extramatrimonial de la madre, que dadas las circunstancias es obligada a entrar silenciosamente en un convento de por vida, para evitar el escándalo. El problema se plantea de modo tan sencillo como contundente: Susana no quiere ser monja. 

A partir del planteamiento inicial vendrán los engaños y los chantajes por parte de la madre, del confesor y de las propias monjas. Diderot demuestra su genio en la definición psicológica de los personajes, así como la evolución de la propia Susana. Cada una de las superioras que regirán la comunidad supondrán una serie de escollos para la protagonista; los odios y envidias contribuirán a hacer de Susana, progresivamente, el objeto de maltrato de todas, hasta llevarla a contemplar la idea del suicidio. Cabe mencionar que Maturin se basó sin duda en esta novela para uno de los mejores tramos de ‘Melmoth el errabundo’ (1820), pero en mi opinión ‘La religiosa’ supera a sus sucesores en alcance y profundidad.

El problema inicial de la falta de libertad se transforma así en un sinfín de nuevos problemas, cifrados en la alienación del individuo, aplastado por un sistema perverso. Para Diderot, anticristiano hasta el tuétano, pocas cosas representaban mejor la corrupción social que el microcosmos de un convento; el promotor de la Enciclopedia pone en negro sobre blanco el uso de la superstición por parte del clero, la mezquindad compartida y las pasiones ocultas, donde podemos destacar la culpabilidad que devora a una de las madres superioras, cuyas tendencias sáficas confunden a sus protegidas, atadas en su dependencia emocional.

El final es amargo e interrogante, y podemos entender que de futuro bastante oscuro. Pero hay otra genialidad que no quiero omitir, pues el escritor, que en todo momento ha pintado a su protagonista como una joven muy atractiva, al final le hace decir en su carta que no ha mentido en nada, salvo en su aspecto físico. '¿Será porque creemos a los hombres menos sensibles a la pintura de nuestras penas que a la imagen de nuestros encantos? ¿Nos prometemos acaso más ventajas seduciéndolos que emocionándolos?' Nos han contado la historia de una joven inocente y hermosa, pero… ¿y si no lo fuera? Si se tratara de cualquier otro tipo de desdichado, ¿lo escucharíamos igual? Diderot, el viejo zorro, conoce la respuesta.



Denis Diderot, La religiosa. Círculo de lectores, 1976. Traducida por Alberto Hanf. Obra original publicada en 1796.

¿Dónde se ven mentes obsesionadas por espectros impuros que las siguen y las perturban? (...) ¿Dónde las noches son turbadas por los gemidos, los días empapados de lágrimas derramadas sin motivo, precedidas de una melancolía que nadie sabe a qué atribuir? (...) ¿Dónde el lugar de la servitud y el despotismo? ¿Dónde los odios que nunca se extinguen? ¿Dónde las pasiones encubiertas en silencio? ¿Dónde la morada de la crueldad y la curiosidad?

Comentarios

  1. No conocía esta obra, pero me ha interesado todo lo que comentas de ella, en parte porque lo comentas muy bien, claro.

    Me parece que es una historia terrible, pero no insólita, por desgracia. Y la concepción del convento como microcosmos y todo lo que implica, escalofriante, y muy en línea con las histórias góticas que has estado comentando en las anteriores entradas.

    Me parece especialmente interesante la reflexión del final, sobre la sensibilidad y la belleza. ¿Cuántas veces, ante una desgracia sufrida por una joven atractiva, se dice aquello de "Pobrecita, tan guapa...", como si de haber sido menos atractiva nos importase menos. Me parece terrible y, ahora que lo pienso, no sé si es un tema literario frecuente...

    Un saludo.

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    1. No es insólita, no. Cuántos casos parecidos no habrán ocurrido, ya sea en un convento o en otras instituciones opacas. Sin ir más lejos, me viene a la mente el caso de Juan de la Cruz, que sufrió un auténtico calvario cuando fue retenido contra su voluntad en un convento de carmelitas calzados, hasta que pudo huir descolgándose por la ventana con sus propias sábanas.

      Muy de acuerdo con tu reflexión acerca de la distinta percepción del público ante las desgracias, a veces dependiendo no tanto de la desgracia en sí como de la víctima, ya sea por su atractivo físico o por otras razones. En cierta forma, veo una relación con el llamado ‘síndrome de la mujer blanca desaparecida’, que atiende a la forma en que los medios comunican tragedias personales, dependiendo de quién sea la persona. Diderot lo utiliza para lograr la catarsis del lector de la época, pero hace explícito ese problema, y es verdad que no es muy común hacerlo, y menos en esa época, cuando el clasismo hacía tantas distinciones con el color de la piel o los rasgos de la cara. Como contraejemplo literario, pienso en ‘Jane Eyre’, donde Charlotte Brontë, aunque quizá de un modo no tan explícito, critica esa diferente compasión que genera la apariencia externa. Curiosamente, tanto Charlotte como Emily Brontë salvan también la tez oscura, tan mal vista en época victoriana.

      Gracias por tus palabras sobre el post.

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  2. Es el genio de aquellos geniales enciclopedistas donde Diderot era una figura clave. La cuestión es que los ilustrados querían traer la luz al mundo y el sitio donde menos luz había era en los oscuros conventos tanto en el plano físico como metafórico sobre la persistencia de las viejas ideas estancadas en la vieja religión. No era un movimiento anticristiano, era un movimiento teísta que quería abrir los ventanales a la razón. Cuando la razón no fue suficiente volvi´ó la vieja añoranza hacia aquello que había que dado atrás, más en el plano esteticista que otra cosa.
    Estupendo ese párrafo que has entresacado de la obra.

    Saludos

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    1. Muy de acuerdo contigo y con tu doble lectura del convento como lugar concreto y también como alegoría de la oscuridad, en más de un sentido, frente a la luz de la Ilustración.

      Efectivamente, el recurso a la razón era la moneda básica común entre los ilustrados, por muchas diferencias que tuviesen entre ellos. Algunos se consideraban cristianos, ya sea desde el jesuitismo católico o desde el protestantismo, pero los más eminentes eran deístas, culto que se institucionalizó durante la Revolución Francesa. Sin embargo, Diderot es una de las pocas excepciones, junto por ejemplo el barón de Holbach o el Marqués de Sade, en considerarse ateo, con especial rechazo por la religión. Los jacobinos, en cualquier caso, leyeron más a Rousseau.

      Muy bueno tu apunte final sobre la añoranza de la religión. Dos de los pensadores decimonónicos que mejor diagnosticaron ese vacío, aun siendo feroces críticos con la religión, fueron Feuerbach y Nietzsche.

      Un saludo.

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  3. Leyendo tu entrada me ha venido a la cabeza las "Memorias de ultratumba" de Chateaubriand, un autor que, desde una óptica evidentemente conservadora, refleja bastante bien toda aquella época de la Francia del fin del Antiguo Régimen.
    A nivel general, creo que gran parte de esa corriente enciclopedista, y sus autores más significativos, supusieron un avance evidente en la historia del pensamiento moderno.
    Es interesante, también en Francia, esa diferencia acusada entre el conservadurismo rural de la época, y el torbellino de ideas y acción que sucede en París, y cómo queda reflejada en gran parte de la literatura francesa de la época.

    Tomo nota de la obra de Diderot.

    Saludos,

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    1. No he leído a Chateaubriand, pero seguro que disfrutaría con sus ‘Memorias de ultratumba’. Me apunto tu recomendación.

      Estoy de acuerdo con lo que dices sobre los enciclopedistas. La pena es que no lo pudieron ver en vida. Voltaire llegó a ridiculizar a Diderot alegando que la Enciclopedia jamás llevaría a una revolución; claro que en ese comentario pesaban mucho las diferencias entre ellos, y el propio Voltaire publicó un ‘Diccionario filosófico’. Diderot sacrificó muchos años de su vida en el proyecto de la Enciclopedia porque creía en él, y terminó siendo una de las personas más cultas de su siglo, con conocimiento en todo tipo de materias, aunque eso le supusiera publicar muy pocas obras con su propia firma. Si disfrutas con las biografías, recomiendo una muy buena y muy amena, que se publicó precisamente el año pasado: ‘Diderot y el arte de pensar libremente’, de Andrew Curran.

      Ahora que lo dices, es verdad que entre la Francia rural y París había un abismo, con sus cafés de tertulia y sus costumbres disipadas (criticadas también por algunos ilustrados). Además es una ciudad muy interesante para hacer un recorrido literario, y la única vez que estuve no pude evitar realizar la visita turística a las cloacas de ‘Los miserables’ de Víctor Hugo, entre otras cosas. Y mira que esa ciudad tiene bastantes mejores sitios que ver que meterse ahí, con ese recorrido tan corto, pero no me avergüenza comportarme como un guiri.

      Un saludo.

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  4. Conozco la obra pero no la he leído. Tiene gran valor por sacar a la palestra un mundo como el de los conventos, sobre todo femeninos, donde iban a parar seres que molestaban en la sociedad. Hace poco investigué sobre el asunto, y además de estos casos, también existían los contrarios, mujeres que huían del destino que la sociedad les tenía preparados. Quizás el caso de sor Juana Inés de la Cruz sea el más conocido, pero en el siglo XIX y XX también se pueden rastrear ejemplos.

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    1. Te agradezco la aportación, Chafardero, para no quedarnos únicamente con el lado tenebroso de este tipo de instituciones. Teresa de Jesús fue otro famoso ejemplo de mujer realizada a través de la religión, escapando del matrimonio. En época contemporánea también habrá muchos ejemplos, pero veo más raro encontrar una coyuntura similar a la de aquel viejo mundo que era tan estrecho para las mujeres.

      Saludos.

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