¿Se imaginan que un clérigo, en aquel mismo siglo que conoció el impulso del Camino de Santiago, se hubiera atrevido a decir que era imposible que Santiago el Mayor llegara nunca a Gallaecia? A un atrevimiento de no menor impacto se atrevió Pedro Abelardo cuando, siendo monje en el prestigioso monasterio de Saint-Denís, se enfrentó a sus hermanos alegando la imposibilidad de que San Dionisio fundara su querida casa. De resultas, fue aborrecido de inmediato por sus hermanos. En aquellos años escribió sus mejores obras. ‘Sic et non’ fue un tratado innovador en el que mostró que las Sagradas Escrituras estaban llenas de contradicciones. Aquel método de enfrentar afirmaciones que afirman y niegan los dogmas sería emulado con posterioridad por los teólogos del siguiente siglo, siendo Tomás de Aquino el ejemplo paradigmático. El Aquinate sabrá que no hay mejor forma de defender la religión que adelantándose a los críticos gentiles. La teología, tal y como la concibió Abelardo, era escandalosa en su tiempo, pero no lo sería en el futuro si era usada para defender la fe. Fíjense en el siguiente fragmento de la Suma Teológica de Tomás de Aquino, deudor del método de Abelardo:
‘…Dios no existe. Si de dos contrarios suponemos que uno sea infinito, éste anula totalmente su opuesto. Ahora bien, el nombre o término "Dios" significa precisamente, un bien infinito. Si, pues, hubiese Dios, no habría mal alguno. Pero hallamos que en el mundo hay mal. Luego Dios no existe.
Lo que pueden realizar pocos principios, no lo hacen muchos. Pues en el supuesto de que Dios no exista, pueden otros principios realizar cuanto vemos en el mundo, pues las cosas naturales se reducen a su principio, que es la naturaleza, y las libres, al suyo, que es el entendimiento y la voluntad humana. Por consiguiente, no hay necesidad de recurrir a que haya Dios (…)
Respuesta. La existencia de Dios se puede demostrar por cinco vías…’
Pedro Abelardo también demostró audacia en sus obras dedicadas a la moral, como su ‘Diálogo entre el Filósofo, el judío y el cristiano’, donde se adelantaba varios siglos a la tolerancia humanista. También se había atrevido a volver a escribir aquellas obras que le ordenaron quemar en el pasado y darlas a conocer ‘para uso de mis discípulos, que piden en este tema razonamientos humanos y filosóficos y a los que hacían falta demostraciones mejor que afirmaciones’. No menos innovador fue su tratado ‘Conócete a ti mismo’, la primera obra de ética fundamentada no en el pecado de los hechos cometidos, sino en la buena o mala intención, con la que – salvando todas las distancias, que no son pocas – a su modo se prefiguraba la moral kantiana. El bien y el mal, para Abelardo, se manifestaban en la propia conciencia de la persona. En ella encontramos ideas que levantaron ampollas en una época en la que primaba la moral pública, como por ejemplo que los soldados que crucificaron a Cristo no eran culpables de lo que hicieron, ya que se limitaban a obedecer órdenes y desconocían el mal que infligían.
‘Llamamos buena, esto es, recta, a la intención por sí misma. A la obra, en cambio, la llamamos buena no porque contenga en sí bien alguno, sino porque nace de una intención buena’.
Si bien Abelardo acometió grandes empresas con la pluma, ganándose nuevos discípulos en las comunidades de clérigos urbanos, no obtuvo ningún éxito en sus exhortaciones a la reforma del clero regular. En Saint-Denís fue testigo de la corrupción de los monjes, pero no consiguió reformarlos; más bien, los monjes lo rechazaron con fuerza, picados por lo que concebían como continuas impertinencias del lógico. Ya había abandonado Saint-Denís cuando llegó allí Bernardo de Claraval, como un huracán que nadie espera, y con sus habilidades e influencia consiguió en poco tiempo lo que Abelardo no había podido hacer, poniendo patas arriba las costumbres disipadas de los monjes.
Pedro el Venerable, admirador confeso de Abelardo, le invitó entonces a entrar con todos los honores en Cluny, donde sería honrado por sus monjes y podría disfrutar de una vida tranquila, pero el lógico se negó. Abelardo no deseaba encerrarse para siempre; su ambición era mayor: después de sus desdichas y herido en su orgullo, necesitaba cosechar éxitos en el ancho mundo. Aceptó, eso sí, el priorato de Saint-Gildas, que era un oscuro monasterio de la costa bretona. Si creen que hasta ahora la suerte del caballero de la dialéctica ha sido funesta, los siguientes años fueron peores: los monjes del nuevo monasterio eran en extremo brutales, de costumbres ancladas en el más tosco feudalismo rural: cada uno de ellos vivía con una barragana; el noble del lugar hacía y deshacía a su antojo, gravando excesivos tributos en la región. De ningún modo iban a obedecer las órdenes del cabal Abelardo, a quien habían elegido como prior esperando de él que fuese un calavera, un compañero de juergas tal y como imaginaban, dadas las historias que circulaban sobre los amores con Eloísa. No imaginaban que el castrado se revelaría como la persona que era: un importuno que no temía ir a la contra. Cuando Abelardo intentó imponer su autoridad, la hostilidad se agudizó hasta tal punto que sus monjes comenzaron a envenenarle la comida con el fin de quitárselo de en medio. El prior se defendió como pudo y vivió los siguientes años en la constante paranoia de quien sabe que debe temer por su vida.
Abelardo solo abandonó aquel inhóspito paraje cuando se enteró de que Eloísa y sus monjas habían sido expulsadas del convento en el que vivían. Entonces realizó lo que para Gilson y otros biógrafos fue el acto más honroso de su vida: corrió a ayudar a la que fuera su mujer y le cedió lo que, en aquel entonces, era la única propiedad que conservaba en el mundo, su querido Paráclito. Fundó allí un convento y colocó a Eloísa de priora. Aquel era el primer encuentro, tras muchos años, entre los dos esposos, pero Abelardo, aun pudiendo vivir cómodamente como padre querido por aquellas monjas, decidió volver a su destino en la lejana Bretaña. ¿Por qué lo hizo? No lo sabemos con certeza, pero probablemente Abelardo seguía un instintivo sentido del deber, o quizá concebía como un acto cobarde el no hacerlo; quizá lo que quería en realidad era apagar las malas lenguas que pudiesen murmurar acerca de su convivencia entre las mujeres. Sea como fuere, el lógico volvió a su odiado monasterio, encontrándose con una situación aún peor que la que había dejado. Tras morir su criado, envenenado con un alimento que estaba destinado a él, decidió apartar a la fuerza a los peores elementos del lugar, encontrándose con una persecución más directa y, en cierta ocasión, una espada a punto de rebanarle el pescuezo. Fue entonces cuando decidió escapar para siempre de allí.
Quien sí tenía éxito en sus embajadas diplomáticas e intentos reformistas era, como ha quedado dicho, Bernardo de Claraval, conocido por el sobrenombre de ‘perro guardián de la cristiandad’, alma del Císter, guía espiritual de los caballeros templarios y azote del papado. Tanto Abelardo como Bernardo eran tan populares que estaban destinados a encontrarse. No tenemos ninguna duda de que, antes de hacerlo, sabían bastante uno del otro. Para empezar, recordemos que el viejo maestro y rival de Abelardo, Guillermo de Champeaux, fue el primer protector de Bernardo. Tenemos constancia de varios escritos de Bernardo en los que, con toda seguridad, hace referencia a Pedro Abelardo:
‘Me parece más curioso de la novedad que atento a la verdad, y teme por encima de todo pensar como los demás y [quiere] decir algo que solo podrá decir él o que dirá el primero. Por todo esto, ignora o descuida toda medida en lo que piensa o en lo que dice.’
Sin embargo, el primer choque directo entre el mundo de Abelardo y el de Bernardo se produjo a raíz de una carta que escribió un alarmado Guillermo de Saint-Thierry conjuntamente a Bernardo y a Godofredo de Lèves, obispo de Chartres y amigo de Abelardo. La carta fue escrita en 1139. Copio un fragmento:
‘…Vuestro deber es hablar, mientras que, en cambio, guardáis silencio sobre uno de los casos más graves que afectan al bien común de los fieles. ¿Acaso puedo permanecer callado ante el espectáculo de los peligros que corre, sin que nadie reaccione, la fe de nuestra común esperanza, esa fe que Jesús selló con su sangre, por cuya defensa los apóstoles y los mártires derramaron la suya, que las vigilias y los trabajos de los doctores han transmitido pura y sin mancha al desventurado y triste siglo que vivimos? No creáis que se trata de cuestiones de poca monta; las cosas que son objeto de discusión son la fe en la Trinidad, la persona del Mediador, la del Espíritu Santo, la gracia de Dios y el sacramento de nuestra redención. Pedro Abelardo, en efecto, ha vuelto a la enseñanza y escribe nuevas extravagancias. Sus libros cruzan los mares, pasan los Alpes, vuelan de provincia en provincia, de un reino a otro. Por todas partes son elogiados con entusiasmo y defendidos impunemente. Hasta se dice que son apreciados en el seno de la Curia romana.’
Guillermo de Saint-Thierry aboga por ‘una condena solemne y pública.’ Abelardo, a pesar de las anteriores condenas y tras sus penosos años monásticos, había vuelto hacía varios años a dar clase en Sainte- Genevieve. Guillermo sintetizó lo que él tenía por herejía en diecinueve proposiciones, que transmitió al abad de Claraval para que éste las examinara y diera su conformidad. Bernardo entonces le contestó que su indignación le parecía ‘legítima y necesaria’ y que, después de la Pascua, podrían verse con más calma para que Guillermo le explicara mejor el asunto. Bernardo era un gran hombre de letras, pero desconocía demasiado el mundo de la filosofía como para poder enfrentarse a Abelardo sin ayuda. Así que, entre Guillermo y Bernardo acordaron y asimilaron las objeciones condenables y prepararon el tan esperado encuentro.
Así pues, poco después de la Pascua de 1140, Bernardo se cita en persona con Abelardo. No sabemos nada de lo que se dijeron, pero podemos intuirlo a raíz de sus conclusiones: como era de esperar, el encuentro fue volcánico. Abelardo, acostumbrado a discutir sin importarle quien tuviera delante, debió enfadar sobremanera a Bernardo, que tanto podía actuar como el más manso de los hombres como encarnarse en el feroz perro guardián. El conflicto debió ir más lejos que las ideas que se discutían y se convirtió también en un asunto de índole personal. Ambos estaban al corriente de cómo era el otro. Bernardo tenía a su favor su poder e influencia sobre los obispos y el pueblo llano, pero debió verse intimidado por Abelardo, que tenía de su parte a buena parte de los clérigos estudiantes, que lo admiraban. El discurso en el que se manejaba Bernardo era el sermón, mientras que Abelardo prefería la disputa libre y abierta. El conflicto que estaba a punto de estallar podía fácilmente deslegitimar a Bernardo como sabio de la Iglesia, pues no se sentía a gusto en una discusión escolástica que nadaba en ese tipo de dimensión intelectual. Pedro Abelardo encarnaba todo contra lo que Bernardo había luchado. Ese mismo año, el abad de Claraval había pronunciado un incendiario sermón en París, ante maestros y estudiantes:
‘Vuestra castidad está en peligro en medio de las delicias, vuestra humildad en medio de las riquezas, huid de esta Babilonia, huid y salvad vuestras almas.’
Comprobamos una vez más el éxito de sus exhortaciones, ya que tras la plática, muchos jóvenes, e incluso maestros, tomaron el camino de Claraval u otros monasterios, a buscar la santidad en la senda cisterciense. Para personas como Bernardo, una ciudad como París simbolizaba la perdición en la lujuria o en la soberbia. ¿No era precisamente Abelardo, el más grande maestro que había tenido París, el mejor ejemplo de estos pecados?
Tras varias entrevistas más, viendo que era imposible convencer a Abelardo, Bernardo optó por apelar directamente al Papa Inocencio II, a pesar de sus tiranteces con la Santa Sede. Aparte de mandarle las condenas escritas por Guillermo de Saint-Thierry, añadió entre otras cosas:
‘Tenemos en Francia un nuevo teólogo, antiguo pedagogo, que en sus años jóvenes ha disfrutado de la dialéctica y que ahora delira con la Escritura Santa. No le basta despertar errores condenados desde hace tiempo, sino que añade otros nuevos. De todo lo que hay arriba en el cielo y abajo en la tierra, es digno de no ignorar nada, excepto el verbo: yo ignoro.’
Después, el perro guardián se tomó muy en serio su cruzada contra Abelardo, a quién apodó como ‘Pedro el Dragón’, y no dejo de escribir y mandar cartas al respecto, así como redactar el ‘Tractatus de errocibus Abaelardi’- Tratado de los errores de Abelardo – en el que exponía la idea de que ‘es en la virtud de Dios en la que está arraigada nuestra fe, no en las elucubraciones de nuestra razón’. Incluso se burló del discurso lógico de Abelardo:
‘Escuchad a nuestro teólogo: ¿De qué sirve enseñar si el objeto de nuestra enseñanza no puede ser expuesto de tal manera que se comprenda? Dejando así entrever ante sus oyentes lo que la sagrada fe oculta de más sublime y sagrado en lo profundo de su seno establece grados en la Trinidad, medidas en la majestad, cifras en la eternidad.’
Por su parte, Abelardo manifestaba también su hostilidad hacia Bernardo, a quien consideraba un ‘demonio vestido de ángel azul’, un hombre que convencería a otros con su santidad, pero no a él. La misma disputa entre los dos púgiles se extendía sin control por todas las regiones en las que había clérigos. Entonces llegaron el día y el lugar apropiados: el 2 de Junio de ese mismo año en Sens, donde tendría lugar una exposición de reliquias y acudiría incluso el rey de Francia, Luis VII, junto al arzobispo y toda la gente que pudiera congregarse, que no fue poca. Abelardo quería aprovechar esa celebración para dar fin al conflicto en un debate público. Bernardo se lo pensó mucho, pues sabía que no tendría nada que hacer en una discusión abierta contra el mejor disputador del siglo, acostumbrado a los debates desde la infancia. La resolución que adoptó ha manchado su imagen incluso entre sus partidarios: aceptó el debate como subterfugio y tendió una trampa a su rival.
Abelardo asistió engañado al debate, pero no hubo tal debate. Bernardo había preparado su condena de antemano para acabar de una vez por todas con su peligroso enemigo y con lo que consideraba a todas luces una herejía. El día del Concilio de Sens, antes de dejar siquiera hablar a Abelardo, Bernardo leyó su condena. Aquí acabó el conflicto, y con la imposición de silencio perpetuo, Abelardo se marchó para apelar en Roma en un último intento desesperado, pero la enfermedad le impidió llevar a término el viaje; además, se enteró del peligro que correría en Roma, donde su doctrina era ya un anatema y sufriría la persecución del Papa, influido por Bernardo de Claraval. Pedro 'el Dragón' se detuvo en la abadía de Cluny, donde su tocayo, Pedro el Venerable, quien además de admirar al lógico odiaba al 'perro guardían' de Claraval, lo recibió con los brazos abiertos. Abelardo moriría dos años después.
El problema había surgido en el momento en que Abelardo aplicó su forma de razonar a los misterios de la fe. En esto, debemos entender a Bernardo, mucho más preparado para la asimilación de la literatura bíblica. El valor de las Sagradas Escrituras radica precisamente en sus varios niveles de interpretación hermenéutica; si sometemos su letra al frío bisturí de la lógica, pierden su magia. Este fue el peligro que vio Bernardo en la obra de Pedro Abelardo. Una persona tan dotada para la sensibilidad del misterio, como Bernardo, sabía penetrar en las profundidades de la sabiduría cristiana.
Por otro lado, la intención de Abelardo, de aguda sensibilidad filosófica, también era comprender de verdad las Sagradas Escrituras, pero para él no había otra forma de comprenderlas que usando la razón. La fe y la razón no eran contradictorias para Abelardo - como tampoco lo serán para el doctor de Aquino -, al pensar que el hombre, en su calidad racional, se veía en la necesidad de comprender como antesala a creer. ‘No se puede creer nada que no se comprenda antes – nos dice - y no se puede expresar nada que no se comprenda.’ Otro motivo de conflicto estaba en el terreno moral, pues si el peso para Abelardo se encuentra en la intención… ¿Dónde queda el pecado original? Para el abad de Claraval, todo comienza aceptando el hecho de que somos pecadores, y su camino místico basado en los doce peldaños de la humildad se inicia con la penitencia como medio, no solo para purificarnos del pecado, sino para alcanzar al final la auténtica caridad en el amor hacia el prójimo. Solo así podemos unirnos a Dios. Por tanto, la ‘escuela de caridad’ que proponía Bernardo chocaba frontalmente con la disputa puramente intelectual de Abelardo, precursora del individualismo moderno. No solo la moralidad, sino la propia concepción del ‘yo’ era distinta.
Si hacemos el esfuerzo de intentar comprender la mentalidad de su siglo, sin pensar en lo que siguió después, tanto la postura intelectual de Abelardo como la de Bernardo tienen sentido. En cuanto a sus biografías, a pesar de sus muchas diferencias, ambos tienen una característica común: desde jóvenes decidieron dedicar su vida a perfeccionarse en unos roles que eran considerados con gran respeto e incluso heroicidad por sus contemporáneos. Bernardo se hizo monje en la orden más estricta de su mundo borgoñón, y dentro de ella aspiró a dar el mejor ejemplo de ascetismo, mientras que Abelardo, surgido en unas tierras más propicias a la instrucción académica, se decidió a convertirse en el más sabio filósofo de su época. Siempre orgulloso, los años terminaron dotándole de la suficiente sabiduría como para recomendar a su hijo Astrolabio que evitase seguir sus pasos y acometiese el estudio con humildad:
'Procura más aprender que enseñar. Dedica mucho tiempo a aprender, enseña tarde y solo aquello que consideres seguro. Y en cuanto a escribir, no te apresures a hacerlo'.
En la pura esfera religiosa la postura de Bernardo de Claraval es mucho más entendible que la de Abelardo. La religión se basa en valores emocionales y si les despojas de estos, es decir, del valor de la fe, de la confianza en un ser superior trascendente, de la existencia del más allá etc... te encuentras con conceptos vacíos en su desnudez. El uso de la razón es demoledor para cualquier religión, porque desdeña la creencia y el mismo Tomás de Aquino las pasó canutas para explicar la existencia de Dios, ya que como Descartes vió muy cerca el abismo ateo, y reculó.
ResponderEliminarUna serie muy interesante y sugestiva. Felicidades
Un saludo
Así es. Desde el momento en que se defiende la importancia de conocer antes de creer y de racionalizar la fe (todavía una postura muy marginal en el Medievo) se abre el camino para cuestionar algún día los dogmas de fe, irracionales en sí mismos. Por eso la escuela franciscana, al final de la Edad Media, defendió líneas fideístas o voluntaristas frente a la teología tomista, terminando en la separación entre razón y fe por parte de Ockham; Lutero seguiría en esa línea.
EliminarSobre Tomás de Aquino, que creó la síntesis entre razón y fe más aceptada por la Iglesia (con posterioridad a su muerte), un auténtico edificio intelectual, siempre se cuenta con intención esa leyenda de que, antes de morir, renegó de todo cuanto había escrito. Sea verdad o no, fue otro modo de poner al misterio por encima del intento humano de abordarlo.
Gracias por tu comentario. Un saludo.
Te ha quedado un ensayo muy interesante este conjunto de artículos sobre el universo cultural del medievo. El cristianismo es la columna vertebral de la civilización occidental. La controversia entre Bernardo y Abelardo, entre razón y fe en el fondo, ahora se inclina hacia Bernardo. Con Santo Tomás las tornas cambiarán, su dios lógico es el primer paso hacia el ateísmo. Es curioso ver como el propio cristianismo lleva en su interior la semilla de su destrucción
ResponderEliminarGracias, Chafardero. El cristianismo, como cualquier otra religión, es una construcción compleja de dogmas, creencias y prácticas que tiene su propia historia, como dices muy unida a nuestra cultura. Ni siquiera el Dios del Éxodo es el mismo Dios de Daniel ni de San Mateo o San Juan, pero el canon y sus doctores, en distintos momentos, consiguieron darle un sentido unitario a aquel maremágnum. Ya de por sí es notable que una religión de origen oriental consiguiera calar tan hondo en el Imperio romano y posteriormente que sus popes lograran la hazaña de conciliar, hasta cierto punto, el pensamiento griego y romano con el cristiano. Y de aquellas aguas venimos, efectivamente. En cuanto la razón natural se independizó de la fe sobrenatural, comenzó esa lenta ''muerte de Dios'', como diría Nietzsche.
EliminarUn saludo.