miércoles, 16 de marzo de 2022

Historias de San Petersburgo. Nikolái Gógol

 

La Catedral de San Isaac y el Monumento a Pedro el Grande. Maxim Vorobiov, 1844.

El dueño de este blog me ruega que escriba la siguiente reseña por él. Rodia – me dice -, es tu ciudad y tu tiempo, tú tienes más credibilidad que yo. ¡Pobre diablo! No tiene remilgos en firmar sus textos con mi nombre, denotando tan poca originalidad que debería sentir vergüenza, y ahora pretende que le saque de un apuro. Nunca ha estado en San Petersburgo, ni siquiera en Rusia, y me dice que pretende captar el espíritu de mi ciudad… ¡Espíritu! Leen cuatro novelas y se creen conocedores…  ¿De qué? ¡De nada! Esta ciudad no tiene espíritu, eso se lo aseguro a ustedes. Aquí lo más que encontrarán será apariencia, aunque eso no puede ocultar la mediocridad. 

¿Quieren saber algo de mi ciudad? Por sus puentes y canales, la llaman la Venecia del norte. ¿Cuántas Venecias hacen falta en este mundo? Esa manera de compararlo todo con Italia es un síntoma de decadencia, o ese complejo tan ruso de pretender ser lo que no se es. Pero basta de divagaciones. Mi ciudad no es antigua como Venecia, aunque pretenda serlo. Regada por el Neva, cuya desembocadura forma pequeñas islas, entre las que destaca la pequeña Zayachy, que soporta la fortaleza de San Pedro y San Pablo, donde estuvo preso mi creador (no les recomiendo que se acerquen demasiado, pero la verán bien si pasean por el Muelle del Palacio). Y supongo que desde allí querrán atisbar el Palacio de Invierno, fastuoso como la vanidad del zar. ¿Son ustedes de esa clase de curiosos? Quédense con mi desprecio. La isla Vasílievski es la más grande, pero que no les engañen las apariencias: allí vivía, en la quinta hilera, mi amigo Chartkov en sus malos tiempos, del que luego les hablaré.

Si continúan por el paseo, dejando en frente la isla mencionada, llegarán a la catedral de San Isaac, uno de esos monumentos de reciente construcción destinados a fascinar al pueblerino recién llegado, ahora rematado con la estatua del zar Nicolás. Yo también fui uno de esos pueblerinos hace tan poco… Y sin embargo parece que ha pasado una eternidad: esta ciudad le roba a uno la vida.  

La arteria que atraviesa el corazón de la ciudad es la avenida Nevski, ancha calle por la que se deja ver la caterva de especímenes que van y vienen, de ningún sitio a ninguna parte: coches de tiro a cualquier hora, funcionarios de toda clase y condición por la mañana, recaderos, artesanos, institutrices seguidas de su grupo de pupilos – son como gansos, se lo juro -, y al atardecer vagos y curiosos sedientos de chismorreos. Si atraviesan esta larga avenida terminarán llegando a la catedral de Kazán, otra muestra de mímesis italiana que el viejo zar quiso para engrandecer la capital. 

Me piden que hable de los cuentos que Nikolái Vasílievich Gógol dedicó a San Petersburgo y lo haré de buena gana, porque no están mal del todo. El autor del blog pretende que lo haga desde mi experiencia en la ciudad, conocedor de primera mano de algunos de los personajes que retrató el ucraniano. Sí, los he conocido, ¿acaso no me creen? Me dirán que vivieron hace ya algunos años, pero en mi mundo el tiempo es caprichoso, y uno a veces se mueve tanto al pasado como al futuro. En mi corta vida he visto muchas cosas: he visto a idiotas tomados por grandes hombres, y a grandes hombres tomados por idiotas; he visto a soldados cargando contra pobres gentes, y también a pobres gentes convertidas en soldados, mediocres militantes a sueldo de un partido por el que algunos nostálgicos suspirarán durante cien años. Pero volvamos a nuestro tiempo; últimamente tengo la fea costumbre de perderme en soliloquios.

El sistema de rangos, he aquí la causa de la imbecilidad que nutre esta ciudad. El recién llegado, normalmente sin un kopek en el bolsillo, se encuentra anonadado ante la importancia que se gastan algunos ciudadanos, todos cortados a escuadra y cartabón, como las calles nuevas: dime cuál es tu rango y te diré cuánto vales. ¿No sabe usted con quién está hablando? ¡Váyase usted al diablo, señor mío! Así perdió la razón el pobre Aksenti Ivánovich, que nos dejó su 'Diario de un loco'. Trabajaba en el departamento... Vaya, he olvidado cuál era. De todas formas trabajaba en un departamento del centro, un don nadie más al que nadie recordaría si no fuera porque un día asustó a una pobre niña. Estaba preocupado por no sé qué cartas que escribía su perro, y terminó creyéndose el rey de España. Todavía vive, creo, con la cabeza rapada y a dieta de agua fría.

Y ahora puede que ustedes me tomen a mí por loco. Ustedes, gente escéptica y realista, describirán 'La nariz' como realismo mágico o incluso surrealismo, pero les juro que lo que voy a contarles es cierto. Le ocurrió al asesor colegiado Kovaliov, otro al que la pesada burocracia llevó a perder los papeles. Era uno de esos tipos obsesionados con su rango y aspecto, y un día se levantó sin nariz. ¡No tenía nada entre los ojos! El no tener nariz tiene algunos inconvenientes, como la imposibilidad de presentarse en sociedad. Imaginen qué apuro, aunque... ¿Quién no ha perdido alguna vez la nariz? Sé de buena tinta que la nariz perdida de Kovaliov tomó vida propia y empezó a ser vista por la ciudad, llegando a ascender en rango por encima de su dueño. Dirán que es algo insólito, pero en esta ciudad es un suceso de lo más lógico. 


Avenida Nevski de noche. Alexánder Beggrov, 1882.

Ya les he hablado de 'La avenida Nevski', lugar que ha presenciado infinidad de historias. Así tituló Gógol la narración en la que documentó dos de ellas. Yo podría dictarle alguna otra, igual o más notable que las suyas. El caso es que fui testigo de los sucesos, porque vinieron a llamar a mi puerta. Ocurrió al oscurecer, bajo la luz de los faroles: dos amigos husmeaban a la espera de alguna mujer a quien observar, cuando aparecieron dos beldades que se dirigían por caminos distintos. El más distinguido de los amigos, el teniente Pirogov, se decidió por la rubia, a la que siguió hasta la catedral de Kazán, para luego alejarse de la avenida por el canal y adentrarse finalmente en las calles que la ciudad decide no alumbrar. De este modo, terminaron en la calle Meschánskaya, humilde refugio para inmigrantes alemanes y gentes de mal vivir: allí pueden encontrarme porque vivo yo, en una buhardilla miserable en la esquina de esa misma calle. La mujer rubia era la esposa del hojalatero borrachín que tengo por vecino. El teniente, abusando de su rango, decidió conquistar a la buena moza, pero yo vi cómo terminó recibiendo una merecida tunda a manos del hojalatero y algunos amigos. A veces hay justicia en el mundo.

Peor destino tuvo su amigo, el bueno de Piskariov, humilde artista que intentaba abrirse camino en esta ciudad sin alma. Él se decidió por la morena, una joven cuyos ojos estaban llenos de promesas. Pero la avenida Nevski... ¿Acaso puede uno fiarse de lo que ve desfilar allí? Nuestro ingenuo artista recibió una sonrisa coqueta de la mujer y perdió la cabeza. El apartamento de ella, en la calle Litéinaya, estaba sucio, imagínense: cucarachas por los suelos y muestras de no haberse limpiado en años; allí vivían varias mujeres de mundo, ya saben. Piskariov no pudo encajar la realidad con lo que su imaginación había creado, ni supo ver la frialdad que en realidad escondía aquella mirada. Conozco esa frialdad y sé los estragos que puede causar. El tímido artista, en cambio, se obcecó en sus deseos: quería redimirla, pasó unos días febriles, la propuso matrimonio pero recibió una humillación como respuesta. No lo superó: me contaron que encontraron su cuerpo colgado de una soga.

¡Ah, los artistas! Demasiado soñadores, aunque son el único soplo de aire fresco que habita nuestras calles. Si uno es auténtico, terminará mal; si uno se vende, perderá la frescura. Eso le pasó a mi amigo Chartkov, talentoso pintor sito en la isla Vasílievski. Era un secreto a voces lo que Gógol ventiló en 'El retrato'. Hubo un tiempo en el que un usurero asiático habitó esta ciudad, prestaba a manos llenas, pero a todo aquel que recibía su dinero se le torcía la vida. El mal que personificaba aquel usurero terminó plasmado en un retrato de incontestable realismo, que llegó a manos de mi amigo. Nadie sabe cómo, pero por arte de magia, de la noche a la mañana pudo abandonar su modesto apartamento y comprarse un lujoso estudio en la avenida Nevski. Llegó a ser un artista de éxito, especialista en mecánicos retratos a sueldo de las mejores familias petersburguesas, pero abandonó el perfeccionamiento en su arte y con ello perdió lo que de verdad le valía la pena. 


Sello conmemorativo de 'El capote' por el doscientos aniversario de Gógol. 2009.

Admito que, de todas las historias que rescató el ucraniano, ninguna me sobrecoge tanto como 'El abrigo', conocida también como 'El capote'.  A diferencia del resto, nunca conocí a su protagonista ni sé de nadie que lo conociese mientras vivía. Su nombre... Tampoco retengo su nombre en mi memoria. Sé que era un funcionario de medio pelo (en todos los sentidos de la expresión, pues era calvo), escribiente de vida gris del que todos se reían en la oficina y le gastaban bromas pesadas. Este hombre acobardado y por completo anulado vestía un raído capote que apenas le protegía del frío, así que un día no tuvo más remedio que renovarlo. Como no tenía suficiente dinero, ahorró durante meses, que sin duda fueron los más felices de su vida: empaticen con él e imaginen la emoción, la esperanza, la ilusión... Todo eso representaba la promesa de su abrigo nuevo. Por fin llegó el día de estrenarlo. ¡Era un hombre nuevo! Pero le duró poco porque unos matones se lo robaron en la calle. Dicen que denunció el robo a la policía, pero quizá no sepan cómo funcionan las cosas en San Petersburgo: si no eres nadie, nadie te ayudará, y la burocracia es lenta. El escribiente murió de unas fiebres, creo... En la oficina tampoco se enteraron bien, porque enseguida fue sustituido por otro.

Cree Gógol, como buen ucraniano supersticioso, que su fantasma vaga desde entonces por la ciudad vengándose de todos los abusones, todos los altos cargos, todos los que visten un abrigo de marta o visón. Esto no es Londres, pero se ve que también tenemos nuestros fantasmas. Yo no estoy tan seguro, aunque me gustaría creerlo. Lo cierto es que hace falta ser un maestro para saber contar estas historias sin perderse en la indignación, e incluso suavizándolas con sabias pinceladas de humor y algo de ternura; por todo ello, me quito mi sombrero alemán ante Nikolái Vasílievich Gógol y quedo a sus pies. Pero yo, Rodión Romanovich Raskólnikov, siento no estar a la altura, siento no reírme como el resto, lo siento por ustedes... A mí me hierve el corazón. 

Son historias de mi ciudad, como pudieran serlo de cualquier otra. Seres ridículos la habitan, seres minúsculos incapaces de sentir nada, seres que dañan la humanidad, cucarachas que se arrastran y merecen ser pisoteadas. Los escritorzuelos de baja estofa como el autor de este blog también son ridículos, se lo digo en confianza: pretenden esconder sus frustraciones en la fantasía, porque no tienen agallas para emprender un proyecto de verdad. Yo tengo un proyecto de verdad, ¿saben? Yo voy a hacer algo por cambiar las cosas, pero no pienso contárselo a ustedes. Tampoco lo necesito. Ya me voy, ya devuelvo el blog a su ridículo dueño. Ustedes tampoco me necesitan. Vayan con Dios.


Nikolái Gógol, Historias de San Petersburgo. Alianza Editorial, 2016. Traducido por Juan López-Morillas.

9 comentarios:

  1. No he leído 'El inspector', ni ninguna obra teatral de Gógol (esta parece la más famosa), así que tomo nota.

    Cuando se historia la literatura, uno de los avances que más suelen destacarse en el siglo XIX es la desaparición de la voz del escritor, la superación del narrador omnisciente para experimentar con otros 'espejos en el camino' partiendo del realismo.

    El intrusismo del autor en la narración era la opción justamente contraria a esa nueva tendencia que nació a mediados del XIX, pero mantiene un atractivo innegable cuando funciona bien. No se trata de un simple narrador omnisciente, pues es una presencia autoconsciente. Las viejas formas de narrar nunca murieron, pero desde entonces se tomó mayor conciencia de que el narrador era un personaje más, que podía ser usado o anulado. Gógol, al igual que Henry Fielding en el pasado (admirador de Cervantes) es un buen ejemplo de autor intrusista anterior a esos cambios, pero consciente de su propia voz. Víctor Hugo fue un caso tardío y muy particular, pues la personalidad del escritor es dominante en sus obras, a veces deteniendo su historia en capítulos enteros para defender una idea política o social, lo cual puede ser más o menos apreciado dependiendo del lector.

    Te agradezco que traigas esa anécdota de tu padre, que como dices es muy ilustrativa de lo que significaba (y costaba) un objeto material en otra época. Efectivamente, había objetos básicos que costaban un ojo de la cara y merece la pena conocer esa realidad para valorar justamente lo que tenemos.

    Un saludo.

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  2. Me ha encantado esta entrada, con ese narrador tan excepcional que te sustituye hoy.
    Has hecho tan bien el juego que no me ha costado nada dejarme llevar por la fantasía. En realidad, lo que me ha costado ha sido salir. De hecho, ahora, en este comentario, no sé si dirigirme a ti o a él ;)

    En la entrada anterior te comenté que después de Veladas de Dikanka no había vuelto a Gógol, pero estas Historias de San Petersburgo me han resultado sumamente atractivas, así que ya está anotado en mi lista de próximas lecturas.

    El personaje de El capote me ha hecho pensar en Bartleby, por el que siento debilidad, aunque, como no he leído el cuento, puede que ésta sea otra de esas "conexiones inconexas" a las que soy tan dada :D

    En fin, gracias por otra de tus excelentes entradas. Da gusto leer textos tan bien elaborados y con tanta sustancia intelectual.


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    1. He ido a avisarle para que pueda contestarte él mismo, pero por fortuna no he podido dar con él: no quiero saber dónde andará metido y a saber qué escribiría aquí... Estos personajes son incontrolables. En otra ocasión quizá ;)

      Lo que de verdad te agradezco es el comentario, y lo digo más allá de la cortesía. Eso de que te hayas sumergido en la ficción es la mejor recompensa que uno puede recibir por aquí.

      No he leído ' Bartleby, el escribiente', pero seguro que hay algún tipo de relación, aunque sea 'inconexa', si te ha recordado a esa obra. Lo único que siento, si tomo esta entrada como una reseña, es haber ''destripado'' así El capote, pero como Rodia ha escrito acerca de los hechos desde su propia visión, era el precio a pagar. Yo quizá habría ocultado algún detalle de la trama y habría dicho algo sobre la influencia de E.T.A. Hofmann en el uso de lo fantástico y lo onírico, pero eso ya lo sabes porque conoces algunos de sus cuentos anteriores. En cualquier caso, Gógol consigue su propio estilo. Los sueños son recurrentes, y a veces llega a incluir sueños dentro de otros sueños hasta llegar al ridículo. Porque aunque mi texto a veces parezca desmentirlo, en sus cuentos hay mucho humor, contrastando con las historias contadas.

      Un saludo y gracias.

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  3. Original, descriptiva, sugerente y entrando en el "alma viva" del autor y su obra de una forma intensa y poderosa.

    Mis felicitaciones. Saludos

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    1. Muchas gracias por tu amable comentario, Doctor. De algún modo ha quedado una extraña mezcla, porque he intentado realizar el comentario a Gógol desde la voz más sombría del personaje de Dostoievski.

      Un saludo.

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  4. Leyendo el artículo de tan ilustre colaborador recuerdo haber leído hace tiempo cuentos de Gógol en alguna antología, El capote al menos. Se nota que Rodión conoce bien San Petersburgo y su fauna humana. Yo recordaba la avenida Nevski de la época de la revolución comunista, pero en el XIX servía de marco para otros lances, menos épicos. En fin, un placer leerle, no nos prive mucho tiempo de su pluma.

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    1. No me extrañaría que ese cuento estuviese en tu antología, Chafardero; para mí es de lo mejorcito que realizó Gógol, al menos de la parte de su obra que conozco. En cuanto al ilustre colaborador, quizá le invite en otra ocasión, porque desde luego conoce la ciudad mejor que yo, que nunca la he pisado (siempre he querido hacerlo, por cierto).

      Gracias por el comentario. Un saludo.

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  5. Hola, Joaquín. Con tu mención a una frase, no sé si te refieres a Melville o a 'El capote' de Gógol.

    Está bien que traigas a Lovecraft; no importa lo distinto que sea. Como sabes, los sueños han sido un recurso muy utilizado en la literatura, ya sea para intentar abordarlos directamente o inspirarse en ellos, como en tu caso.

    Un saludo.

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  6. Nada que disculpar. Algún día leeré esa obra de Melville y recordaré la frase. Gracias de nuevo por la recomendación.

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