martes, 5 de abril de 2022

Auge y caída del nuevo Gógol


Retrato de Fiódor Dostoievski por Trutovski, compañero en la escuela de ingenieros e ilustrador.


Fiódor Mijáilovich Dostoievski se crio en el ambiente deprimente de uno de los hospitales para pobres en Moscú, donde su padre ejercía como médico. Los siete hijos que sobrevivieron - una hermana de Fiódor murió al poco de nacer - fueron educados en la más estricta fe ortodoxa. Decir que Mijaíl Dostoievski era una persona autoritaria es quedarse corto: imponía un terror que se confundía con el respeto. Durante las horas de siesta, alguno de los niños debía permanecer de pie abanicándole, espantando las moscas, y nadie en la familia osaba pronunciar palabra; ese ambiente contribuyó a que los dos hijos mayores, Mijaíl y Fiódor, desarrollasen un temprano placer por la lectura como principal fuente de diversión. Como muestra de los ocasionales ramalazos sádicos del padre de familia, en la aldea de Darovoie, en la que disponía de unos cien siervos, el doctor obligaba a su mujer, María Fiodorovna, a azotar a los mujiks contra su voluntad. Los celos infundados y el maltrato recurrente fueron minando a la madre de nuestro escritor, quien con solo siete años fue despertado una noche por gritos desgarradores: por accidente presenció una turbia escena en el dormitorio de sus padres que, con probabilidad, desencadenó su primer ataque de epilepsia. 

La muerte por tisis de María Fiodorovna fue un duro golpe para Fiódor, que la veneraba. El doctor había mandado a los dos hijos mayores a un internado y planeó para ellos un futuro como ingenieros militares. A veces se cuenta que Dostoievski tuvo una vocación tardía, motivada por el viaje de Balzac a la capital del Imperio ruso - del que el joven realizará una traducción -, lo cual es falso, pues siempre soñó en hacerse escritor, y de hecho ya había pergeñado una primera novela adolescente. A pesar de todo, a los diecisiete años no tiene más remedio que viajar a Petersburgo para obedecer el mandato paterno a regañadientes, lamentando con ello arruinar sus sueños. 

Poco después de comenzar los estudios, los hermanos reciben la brutal noticia: su padre, el doctor, ha sido torturado y asesinado por los resentidos siervos de la aldea de Darovoie. 'Al perro, muerte de perro', es la dura respuesta de una de las hermanas de Fiódor, aunque éste, bastante más sensible, desarrollará un conflicto de sentimientos que le acompañará el resto de su vida, y cuya primera manifestación es un fuerte ataque sufrido durante el funeral. ¡Tantas veces había deseado la muerte del padre! Sobre este tema nunca le gustó hablar, pero no es casualidad que rescatase la sentencia 'al perro, muerte de perro' en su última novela, 'Los hermanos Karamázov'. Esto forma parte de la alquimia de su trabajo, como expresó el propio autor cuando, en cierta ocasión, respondió por carta a una joven admiradora: 

¿En verdad su mayor ilusión es hacerse escritora? Si es así, escriba. Y recuerde mi consejo: no invente nunca la fábula ni las intrigas. Tome lo que la vida misma le ofrece. ¡La vida es infinitamente más rica que nuestras invenciones! (...) ¡Respete la vida!


Si bien el hermano mayor, Mijaíl, terminó resignándose para decir adiós a la carrera de las letras, Fiódor no dejó de leer y de instruirse en los clásicos y los modernos durante sus años de formación como ingeniero militar. Tanto es así que se convirtió en una suerte de erudito entre sus compañeros. Estos lo recordarían posteriormente como un joven carismático entregado a las discusiones con nerviosismo y vehemencia; apoyado en una voz grave, cavernosa, estropeada por culpa de una larga afección de garganta. Ya por entonces se había aficionado al juego, y cuando, en 1444, siendo al fin ingeniero, recibe el primer destino, se lanza al vacío en la apuesta más arriesgada: rechazaría el puesto y la carrera de ingeniero; lo rechazaría todo para labrarse su propio camino como escritor. Casi toda la familia lo reprende por dar ese paso, más aún cuando el joven acumula deudas y está necesitado de dinero.

Tiene veinticinco años cuando escribe 'Pobre gente', novela epistolar basada en la correspondencia entre un funcionario de mediana edad y una joven huérfana que ha sido deshonrada y abandonada sin medios. La influencia de Gógol es clara, pues el funcionario recuerda al protagonista de 'El abrigo', aunque, por lo demás, ni el estilo ni el fondo sentimental se encuentran en la obra del ucraniano. La verosimilitud con la que el joven Dostoievski recrea la relación entre sus dos protagonistas implica una atención especial a la evolución de las cartas: la adolescente se expresa con delicadeza porque sabe que, aun sin decirlo, su viejo protector y confidente, que se esfuerza en tratarla como un padre, la desea y está enamorado hasta las trancas. El final es triste e interrogante y, al terminar la relación epistolar, el lector deberá imaginar el devenir de los personajes, que no parece nada halagüeño. 

Como dirían los primeros críticos de manera un tanto abstracta, allí donde Gógol perfilaba sus historias desde el exterior, como un todo, Dostoievski profundizó en los detalles, se centró en los átomos y desde ellos consiguió expresar la totalidad. Cuando un emocionado Nekrásov llevó el manuscrito de 'Pobre gente' a Visarión Belinski, que entonces era el crítico más respetado de Rusia, éste no reparó en elogios. Por primera vez alguien daba auténtica voz a los desheredados. ¡Había nacido la novela social rusa! Había nacido un nuevo Gógol.

¿Ha recapacitado sobre la horrible verdad que acaba de mostrarnos? Es imposible que, con sus veinte años, haya llegado a percatarse de ello...

Aunque efímera en el tiempo, Dostoievski siempre la recordará como una de las épocas más felices de su vida; el éxito fue repentino e inesperado. Imagínenselo, invitado al más selecto círculo literario de San Petersburgo, departiendo con autores respetados, mayores que él. Pero el éxito, al igual que los aduladores, tan pronto llegan como se van, y así nuestro autor sufriría en breve una dura caída. 



En las discusiones, Dostoievski era sincero y apasionado, chocando frontalmente con las ideas de Belinski. Sitúense en la época que conoció tanto el idealismo hegeliano como el socialismo utópico, una época aún teñida de romanticismo. Tanto Belinski como Dostoievski defendían para la literatura el realismo, que era la vanguardia, pero discrepaban profundamente en todo lo demás. Mientras que Belinski, desde un materialismo mecanicista, consideraba que los individuos eran marionetas del ambiente, Dostoievski sostenía una postura idealista, defendiendo la libertad del individuo creador. Para Belinski debía primar el compromiso ideológico del autor, y la literatura no era tal si no servía a la causa revolucionaria; su joven colega compartía la preocupación social, pero no estaba dispuesto a renunciar a seguir profundizando en el individuo y sus recovecos irracionales. Esta intuición juvenil es la clave para entender su posterior evolución.

Lo habitual de los fenómenos y la visión corriente de los mismos no puede llamarse realismo, sino todo lo contrario...
La defensa de su postura motivó la idea de la segunda novela, escrita el mismo año en que se publicó la primera. Con 'El doble', pretendió superarse a sí mismo y no acomodarse al estilo de novela social que le había llevado al éxito temprano. Esta evolución, sin embargo, no tuvo el resultado esperado; Belinski vio en ella claras muestras de talento, pero terminó despreciándola como una pobre imitación de Gógol, además de considerarla retorcida y confusa. Hoy se la tiene por un caso de novela adelantada a su época, que la posteridad ha tratado bastante mejor, y no en vano Nabokov la situó como precursora directa de Kafka.

'El doble' nació siendo un inteligente tributo a Gógol, del que toma varios cuentos - 'La nariz' y 'Diario de un loco' - y juega a imitar su estilo, en apariencia, solo para subvertirlo por completo. Es fácil, igualmente, pensar en 'Los elixires del diablo' de E.T.A. Hoffmann, pero diría que esta influencia se limita en realidad al motivo escogido, el uso del doppelgänger, que aquí desborda la lectura fantástica. El narrador, en tercera persona, nos permite conocer las desventuras de Goliadkin, funcionario del que pronto comprendemos que sufre un evidente trastorno mental; lo acompañamos íntimamente en sus preocupaciones e indecisiones continuas (son habituales sus repentinos cambios de opinión y actuación). Tras sufrir una humillación especial, en plena crisis emocional, se le aparece por primera vez su doble, que representa justo el reverso de su autoconcepto social: si él se considera bueno y sincero, su doble es falso y mezquino; si él se siente un perfecto fracasado, una pobre víctima, su doble es un arribista sin escrúpulos. Por supuesto, el lector comprenderá que la auténtica personalidad de Goliadkin se esconde por debajo de su autoconcepto. Él mismo se convierte en su peor enemigo, y así el desdoblamiento puede verse como la autodestrucción de una mente enferma.

La crítica social a la burocracia y la tabla de rangos es clara, pero, a diferencia de Gógol, la intención aquí no es satírica, pues el autor pretende llevarnos a empatizar con el desdichado funcionario en su culebreante angustia. Por ello, la narración puede resultar incómoda, pero también una anticipación las futuras incursiones psicológicas del escritor. 



Es curioso cómo el prestigio social puede derrumbarse de la noche a la mañana como un castillo de naipes. Un joven tan orgulloso, e incluso a veces jactancioso, como era Dostoievski en aquel entonces, sufrió indeciblemente el cambio de su suerte. Por supuesto, había disfrutado del éxito de los aduladores, pero todo ello en realidad le importaba bastante poco en relación a las dudas internas acerca de su talento. ¿Estaría siguiendo el camino correcto? ¿Valía realmente para ser escritor? Si podía contestar afirmativamente, aguantaría con orgullo el desprecio del mundo, pero su autoestima cayó en picado. No supo encajar las críticas, ni tampoco las burlas de aquellos colegas que antes se rendían a sus pies, en especial Turguénev y Nekrásov, que habían comenzado a llamarlo, como a Don Quijote, 'caballero de la triste figura', por la excesiva seriedad con la que se consideraba a sí mismo. Dostoievski se enfadaba en las reuniones literarias y terminó alejándose por completo del círculo al que había pertenecido. Y como los rumores van y vienen, y las opiniones de las gentes fluctúan rápido, el mundo petersburgués, y hasta de provincias, fue dándole la espalda, llevándole al temprano olvido. A pesar de todo, fue perseverante y siguió escribiendo novelas y cuentos.

Es en esta época en la que publica 'Noches blancas', relato largo o novela corta de fuerte magnetismo. Releída recientemente, ha conseguido hablarme como lo hiciera en el pasado, en una lectura romántica pero dolorosa, debida a la identificación que consigue con el soñador que la protagoniza. Este soñador es un personaje sin nombre, un joven de veintiséis años que pasea por San Petersburgo y encuentra magia en todo lo que ve, alimentando su mundo interior. Comienza el verano y la ciudad se va vaciando; las gentes viajan a sus respectivas aldeas; nuestro soñador pasea una noche y se encuentra por casualidad con una joven que llora. El encuentro casual lleva al descubrimiento de caracteres, y luego a la amistad. Los dos jóvenes se citan a la noche siguiente, y a la otra... El soñador se enamora, aunque en realidad se había enamorado desde el primer instante, porque llevaba ese sueño consigo. 

'Noches blancas' es un relato de sueños y soledades; no pienso destriparles la trama, así que al final les dejo un pequeño fragmento y con ello daremos la entrada por terminada. ¡Ah, el autor! Hemos esbozado sus peripecias hasta aquí... Escribió un par de novelas más en esta primera etapa, pero no las he leído y tampoco han sido muy traducidas en nuestro país. Ya hemos dicho que Dostoievski vive malos momentos personales y ha abandonado a sus antiguos amigos. Ahora comienza a verse con otros, reunidos en un nuevo círculo intelectual. Debe tener cuidado, porque el reinado de Nicolás I destacó, además del militarismo, por la fuerte censura a los librepensadores. Una vez más son apropiadas aquellas palabras del inglés, 'era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría y también de la locura...'



Obras de Dostoievski comentadas:

Pobre gente. Editorial Alba, 2019. Traducida por Fernando Otero y José Ignacio López Fernández. Obra original publicada en 1846.
El doble. Alianza editorial, 2011. Traducida por Juan López Morillas. Obra original publicada en 1846.
Noches blancas. Nórdica, 2015. Traducida por Marta Sánchez Nieves e ilustrada por Nicolai Troshinsky. Obra original publicada en 1848.


Hoy no nos veremos. Ayer, al despedirnos, las nubes empezaban a cubrir el cielo y la niebla se levantó. Yo dije que el día siguiente sería malo, ella no respondió; no quería decir nada que la contrariara; para ella el día sería luminoso y claro y ni una nube empañaría su felicidad.

- Si llueve, no nos veremos - dijo -, no vendré.
Yo pensaba que ni notaría la lluvia de hoy, pero no ha venido.

9 comentarios:

  1. Promete este ciclo que inicias dedicado a 
    Dostoievski. Sobre su biografía me llama la atención la figura del padre, semejante tirano deja marcas indelebles, cuando no traumas. De las obras comentadas leí hace años Noches blancas, de la que guardo un nebuloso grato recuerdo. Tu reseña de El doble me ha puesto los dientes largos, me voy a hacer con ella. 

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    1. Hola, Chafardero. Como digo en el post, iré dedicándole entradas, pero esparcidas en el tiempo. Me alegra que te guste el tema. Es verdad que el padre le debió marcar mucho a nivel personal; decía la hija del escritor, Sofía, que se pasó toda la vida con él en la cabeza, intentando también dar sentido a su muerte violenta.




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  2. Hay noticias que parecen banales, pero nos hablan mucho de la sociedad en que estamos viviendo. Lo sucedido en el tema del Will Smith es muy significativo sobre como sometemos nuestros actos a las reacciones del entorno y como la gente ya no distingue entre lo instintivo y lo debido.
    Dostoievski es de un tiempo de descubrimientos de la sensibilidad individual debajo de la moralidad oficial. Se recrea en las sensaciones, en las emociones profundas, en las disonancias, en ese espacio de dolor que llevamos todos encima y quiere llegar tan lejos que a veces cae en un sentimentalismo pegajoso y francamente insoportable. Es un autor fabuloso, pero al igual que Dickens, a veces se embriaga de sus propios hallazgos emocionales. Eso si, sus personajes son memorables: Raskolnikov, los hermanos Karamazov o el Príncipe Myshkin son de universalidad sin límites.
    Estupenda reseña biográfica.
    Saludos

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    1. Pues sí, Doctor, el asunto de Will Smith es bastante representativo. Aquí solo me he referido a él por su uso mediático, sin meterme a comentar el hecho en sí. Respecto a esto, poco que añadir a tu comentario. Por debajo de las defensas de la reacción de Will Smith (unidas a las que no cuestionan la acción, pero añaden que debía haberla realizado su mujer) veo en buena medida el fenómeno de la posverdad.

      Has dejado un buen comentario sobre los méritos de Dostoievski. Entiendo tus reservas con sus acentos sentimentales (recuerdo que Chéjov coló una crítica en ese sentido en uno de sus cuentos); creo que ahí influyen en buena medida las afinidades de cada uno, como digo al principio de la entrada; la propia tendencia sentimental nos entra mejor en unos autores que en otros, en unas obras o en otras.

      Saludos.

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  3. Hola, Joaquín, gracias por el comentario. No solo Turguénev, sino Puskhin y en gran medida el propio Dostoievski estuvieron muy influenciados por la obra maestra de Cervantes. La novela española permeó en Rusia como en otros países, aunque quizá allí encontró una especial identificación. Y allí se buscaron también caminos diversos para enfrentar el idealismo y el realismo. Y esto al hilo de lo que dices en tu segundo párrafo.

    Tema aparte, la complicada relación entre Turguénev y Dostoievski. En esta época ambos eran jóvenes y, aunque al principio entablaron buena amistad, pronto se vieron las diferencias de caracteres por causas diversas, que iban desde lo literario hasta lo personal (Turguénev, más fino y sociable, no soportaba las querencias de su colega, como la de frecuentar prostitutas). Sin embargo, los choques más fuertes vendrán años después, por profundas discrepancias políticas; en este punto, como sabrás, Turguénev también chocó con Tolstói.

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  4. Como siempre, me ha gustado mucho tu peculiar manera de reseñar las novelas.
    De las que mencionas aquí sólo he leído Noches blancas, que me gustó mucho. La leí y la volví a leer hace ya algún tiempo, y hasta me inspiró un pobre relato propio.

    Dostoievski me atrae por su "triste figura", por el trágico romanticismo que, para mí, encierra su persona, y aunque sus vidas fueron muy diferentes, siempre lo asocio, por motivos quizá ambiguos, a Dickens. Por eso he pensado en Dickens al leer, en tu entrada, que "por primera vez alguien daba auténtica voz a los desheredados", porque eso es aplicable también a Dickens, quizá su característica más reconocida. Junto con el sentimentalismo, claro, que a veces se critica y que a mí no me molesta en absoluto, al contrario. Y por todo ello me ha gustado tu referencia final "al inglés" :)

    Sin duda conocerás, por cierto, el maravilloso ensayo de Stefan Zweig Tres maestros, dedicado precisamente a Dickens y Dostoievski, junto con Balzac.

    Saludos, y gracias una vez más por estas gratificantes lecturas.

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    1. Hola, Ángeles. Perdóname la tardanza.

      'Noches blancas' es un relato único, de un bello romanticismo, y por otra parte una tristeza sin consuelo. Me avergüenza confesar que, teniendo ya dos ediciones (una mala, de dudosa traducción, digo en mi defensa) me agencié hace poco esta edición ilustrada de Nórdica. ¿Está ese relato que comentas en tu blog?

      Dejando sus vidas aparte, son muy diferentes las obras de Dickens y Dostoievski, y sin embargo tienen elementos comunes, como el interés por los bajos fondos y la tendencia sentimental. Tienes toda la razón al recordar que Dickens es referencia obligada si hablamos de los desheredados (y no hablemos de la infancia desheredada...). Yo añadiría a Víctor Hugo en este grupo, aunque su obra y estilo fuese asimismo muy distinto al de los otros, así como su forma de ''dar voz'' (en este punto es justo el extremo opuesto a Dostoievski, pues Hugo tiene una voz autoral muy dominante, frente a la polifonía del ruso).

      No he leído ese ensayo de Stefan Zweig, aunque lo conozco por una entrada de tu blog. Pinta bien, pero no quiero leerlo - de momento, al menos - por miedo a que me destripe obras que quiero leer, tanto de Dickens como de Balzac: ambos me interesan mucho. Me guardo tu recomendación para el futuro.

      Gracias a ti por el generoso comentario, Ángeles.

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  5. No hay nada que disculpar, o, en todo caso, discúlpame tú a mí por las mías. Las tardanzas digo, jeje.

    No, el relato que menciono no está en el blog, pero gracias por el interés.

    Y en cuanto al ensayo de Zweig, no creo que debas temer "destripes". Es un análisis de la obra en conjunto de cada autor, de sus universos, sus temas, su poética. De todas formas, siempre estará ahí para cuando lo creas oportuno.

    Ah, y no debe avergonzarte tener varias ediciones de una misma obra. ¿Quién se resiste a leer una obra favorita en ediciones mejoradas? :)

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    1. En eso sí que no hay nada que disculpar, pero mejor dejemos las cortesías, porque en esta vía de comunicación todo suena muy serio.

      Tomo nota de tu recomendación, tanto el tema como el enfoque me interesan. He visto tantas veces el telefilme de ''Balzac'' que ya me cuesta separarlo de la cara de Gerard Depardieu, así que ya solo por eso el libro me vendrá bien :P

      Bromas aparte, la prevención del 'destripe' puede sonar exagerada, pero ya sabes que según el tipo de ensayo... Tengo por ejemplo el clásico de Batjín ''Problemas de la poética de Dostoievski'' que leí en su día saltándome los fragmentos referidos a novelas que aún no había leído. Más aún en ''El horror en la literatura'' de Lovecraft, que seguro que conoces, donde el autor va comentando autores y obras. En fin, tampoco hay que exagerar esta prevención.

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