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Dos conceptos de libertad

 Comunismo o libertad, fascismo o democracia. La reciente campaña madrileña ha sido una vorágine de polarización, impostados enfrentamientos y eslóganes simples hasta el ridículo, tanto desde la derecha como desde la izquierda. Habrá quien se levantase el cinco de mayo con la ilusión de imaginarse William Wallace en 'Braveheart', darse una ducha al grito de 'libertad' y luego, en lugar de montar a caballo, entrar en el metro para ir a trabajar como cada día (quiero pensar que sin pintura de guerra en la cara). Pues las ilusiones son, eso, ilusiones. Recuerden la campaña a favor del Brexit en Reino Unido, cuyo eficaz lema 'let's take back control' provocó en los británicos una borrachera colectiva y una resaca que aún están padeciendo. No pretendo interpretar los resultados de las elecciones a la Asamblea de Madrid únicamente a la luz de las campañas electorales, pero tampoco creo que pueda minimizarse su efecto. 

Al igual que la igualdad o la justicia, la libertad es una de esas palabras recurrentes de las que se ha abusado en un sinfín de contextos, sin por ello dejar de resultar necesaria. Isaiah Berlin adjetivó el término como 'proteico' por su potencialidad. En el terreno político, es usada como bandera por los liberales, al igual que por los libertarios, pero realmente hay pocas posturas políticas concebibles que puedan rechazarla, por lo que en primera instancia no es patrimonio exclusivo de ninguna. El texto que hoy nos ocupa también ha sido manoseado y usado como arma política y, a nada que uno se ponga a buscar referencias en Google, se encuentra con interpretaciones de todo tipo, alguna de ellas alejada de su sentido original, por caer en la simplificación interesada. Si no me creen, busquen, por ejemplo, el discurso que leyó Jose María Aznar para inaugurar una serie de conferencias que la Fundación FAES dedicó a Isaiah Berlin. Por todo ello, conviene decir unas pocas palabras a modo de contexto.

Isaiah Berlin (1909-1997) fue un autor de origen ruso cuya familia tuvo que emigrar al Occidente europeo a causa de la Revolución bolchevique. La formación de Berlin se entiende completamente integrada en Inglaterra, muy ligada en particular a la universidad de Oxford de la que formó parte. El trabajo de Berlin en el terreno de la teoría política se enmarca en aguas filosóficas a la par que historiográficas, y desde su postura personal destaca su firme oposición a las políticas autoritarias. Su línea de trabajo, por tanto, fue el rastreo de aquellas ideas que desde el plano teórico habían influido en el desarrollo del autoritarismo y totalitarismo contemporáneo. Desde el plano editorial, el responsable al que hay que agradecer la divulgación actual de las ideas de Berlin es Henry Hardy (1949- ...), pues Berlin siempre careció de esa ambición particular que lleva a buscar la notoriedad a toda costa: pese a su amplio trabajo en Oxford, publicó poco de cara al mundo no académico, y además lo hizo tarde y casi siempre espoleado por otros.


En plena Guerra Fría, y de cara a presentar su cátedra en Oxford, Berlin dio una conferencia, que luego se plasmaría en un artículo académico, titulada 'Dos conceptos de libertad'. Hay una idea sencilla que fundamenta todo el texto y casa con la escuela analítica a la que se adscribió el autor: la necesidad de acotar cada término a su concepto específico en Filosofía política. La libertad es la libertad, la igualdad es la igualdad y la justicia es la justicia, y hay ocasiones en las que una solución justa no implica libertad o igualdad. Inclúyanse aquí todas las viceversas que se quieran en todos los términos que puedan usarse. Berlin reivindica la importancia de las ideas en la historia, siendo consciente de la influencia de éstas; a sus ojos, muchos problemas se derivan del mal uso del lenguaje político. No le tembló el pulso para afirmar que Hobbes o Bentham, aun siendo autores por los que no sentía simpatía, fueron de los pocos coherentes que no cayeron en confusiones con respecto a la libertad. Hobbes negó la libertad a favor de la seguridad, mientras que Bentham tenía claro que todas las leyes servían para reprimir.

El asunto necesita, por tanto, de una previa definición de la libertad, y al ser este concepto tan 'proteico' y haber tantas concepciones distintas, Berlin sintetiza sus múltiples usos con su famosa distinción entre la 'libertad negativa' y la 'libertad positiva'. La primera viene a ser la 'libertad de': libertad entendida como ausencia de coacciones e impedimentos humanos externos. La segunda es concebida como la 'libertad para': libertad entendida como emancipación en pos de la autorrealización personal. La primera está enfocada a la pregunta '¿qué soy libre de hacer o ser?' y la segunda se preguntaría más bien: '¿quién me dice lo que tengo que hacer o ser?'. Ambas concepciones han coexistido en época moderna y, desde la Ilustración, han marcado caminos distintos que, aunque bien pueden complementarse, resultan incompatibles en sus desarrollos absolutos. Así, las libertades de expresión, movimiento y asociación son ejemplos específicos de libertad negativa. La idea marxista de libertad, en cambio, se enfocaría en la libertad positiva, al pretender la superación de la alienación del proletario dentro del modo de producción capitalista. 

Como, en su artículo, Berlin carga las tintas contra los excesos de la libertad positiva, las tergiversaciones a su tesis principal están a la orden del día. Por seguir con el ejemplo que mencionamos al principio, Jose María Aznar llegó a afirmar, sin sonrojarse, que lo que no le gustaba del autor es que hubiese elegido el término 'negativo' para hablar de la 'libertad buena' y el término 'positivo' para hablar de la 'libertad mala'. El ejemplo, que he sacado un poco de contexto, nos sirve para ver cómo puede caerse fácilmente en una interpretación superficial de la crítica de Berlin para uso de la ideología libertaria. Aunque en este caso quizá no, pues, si me permiten la broma... ¿Quién va a decir a Aznar las copas de vino que puede o no tomarse? 


Una ración suficiente de libertad negativa es una condición necesaria en cualquier estado liberal que se precie, pero además es un mínimo a exigir en cualquier sistema no totalitario. Berlin, que realmente asume implícitamente esta concepción negativa como la genuina concepción de la libertad política, deja claro que no por ello debe inferirse que la libertad sea el fin más importante. No hace falta acudir al ejemplo de perogrullo al que aludimos cuando confrontamos la libertad personal a las leyes a las que estamos sujetos, teniendo un ejemplo reciente en las restricciones a las libertades debidas a la crisis sanitaria del coronavirus; basta salir del afortunado contexto occidental para percatarnos de que puede haber otros fines igual o más importantes que la reivindicación de la libertad. 

‘Ofrecer derechos políticos y protecciones frente a la intervención del Estado a hombres medio desnudos, analfabetos, desnutridos y enfermos es ridiculizar su condición; necesitan atención médica o educación antes de que puedan entender o hacer uso de un aumento de libertad. ¿Qué es la libertad para aquellos que no pueden utilizarla? (...) Si mi libertad, o la de mi clase o nación, depende de la miseria de un gran número de seres humanos, el sistema que promueve esto es injusto e inmoral’.

A la libertad positiva le dedica casi todo el espacio, señalando la mala interpretación en torno al término 'libertad', confundida ora con igualdad, ora con emancipación, ora con la necesidad de reconocimiento. Escéptico como era ante el racionalismo moderno, Berlin apunta a algunos autores como los abuelos de lo que acabaría siendo la defensa de la emancipación humana en clave racional. Kant, a pesar de abanderar el liberalismo alemán, estableció la base del sujeto racional universal que permitió que posteriormente Marx, a través de Hegel, diese el salto de lo individual a lo colectivo, y de la interpretación del mundo a la necesidad de su transformación. Ante un mundo externo opresivo, el pensador de la libertad positiva se refugia, en primer lugar, en su ciudadela interior para posteriormente buscar el camino de la libertad universal apoyado en la razón. Si, como decía Hegel, todo lo real es racional, entonces solo puede haber una solución racional a los problemas del mundo. Esta postura, a la que Berlin denomina 'monista', niega la posibilidad del pluralismo: si no estás de acuerdo conmigo y yo secundo la única solución racional, entonces tú estás equivocado y necesariamente debes rectificar. 

'Lo que hace que este tipo de lenguaje resulte convincente es que reconocemos que es posible, y a veces justificable, coaccionar a determinados hombres en nombre de algún fin (digamos, por ejemplo, la salud pública o la justicia), fin que ellos mismos buscarían si fueran más cultos, pero que no lo hacen por ceguera, ignorancia o corrupción (...)  Podría decir que en realidad tienden a aquello a lo que deliberadamente se oponen en su estado de ignorancia porque existe en ellos una entidad oculta - su voluntad racional latente, o su designio verdadero - y que esa entidad, aunque falsamente representada por lo que manifiestamente sienten, hacen y dicen, es su verdadero yo'.

El fragmento seleccionado podría apuntar tanto a la voluntad general de Rousseau como a lo que, más tarde, Marx concebiría como falsa conciencia de clase. El monismo, así entendido, va unido a otra idea, considerada identidad común entre todos los fines últimos a los que otorgamos valor en política: la auténtica libertad debe ser igual a la auténtica justicia, y no habría ni libertad ni justicia si no hay igualdad. Un ejemplo reciente del uso utópico del término 'libertad', en confusión con otros valores políticamente buscados, nos lo ha regalado Iñigo Errejón durante la precampaña madrileña. 


La argumentación de Errejón es más retórica que lógica, pretendiendo usar un caso particular de libertad positiva cuyo ejemplo (la inmunidad frente a la pandemia) no puede extrapolarse como lo hace. Volvemos con ello a la premisa inicial de que cada concepto político es diferente y no deben mezclarse. El postulado de Berlin pasa por defender que además es imposible que un estado sea totalmente igualitario sin menoscabar la libertad y la justicia de sus miembros, así como que sea totalmente libertario sin menoscabar la igualdad, etcétera. Los fines últimos son inconmensurables entre sí, en tanto los llevemos a su extremo. Berlin llega a decir que ‘no hay conexión necesaria entre la libertad individual y el gobierno democrático’, lo cual es comprensible, pues el concepto de democracia tiene que ver con la titularidad del poder, ejercida por el pueblo y sus representantes; podría concebirse una dictadura económicamente liberal, tal y como la soñaba Friedrich Hayek e intentó llevarse a cabo en la Chile de Pinochet, o bien una democracia antiliberal y autoritaria. 

Un apartado del artículo está dedicado al reconocimiento social. Buena parte de las demandas de libertad basadas en la emancipación de los pueblos o ciertos colectivos son, en realidad, demandas de reconocimiento. Aunque les pueda parecer trivial, podemos ejemplificar esto con un eslogan feminista, que vi en cierta pancarta, que rezaba 'No seré mujer libre mientras haya mujeres oprimidas'. Es un ejemplo de búsqueda de reconocimiento, usando el concepto de la libertad positiva. Para Berlin, la referencia aquí al término 'libertad' sería un torpe equívoco, pues la mujer que en particular se está manifestando bien puede ser libre - o al menos, igual de libre que sus conciudadanos masculinos - independientemente de que otras mujeres de otras partes del mundo, en efecto, no lo sean. Una reivindicación de justicia, basada en el hecho de que no debería haber mujeres oprimidas, no implica la falta de libertad de quien la reivindica. Evidentemente, el cartel que a continuación les dejo es un ejemplo bastante inocuo que no hace mal a nadie, pero hay casos con mayores consecuencias, como los que confunden o cuestionan de modo radical la legitimidad de la democracia en base a la falta de libertad, soberanía o derechos de sujetos políticos tan amplios como un pueblo o una nación.  

No me malinterpreten, no estoy atacando aquí posturas políticas concretas, sino la manipulación retórica a base de eslóganes y mítines y la apelación a las emociones antes que a las razones, sea desde la izquierda o desde la derecha. La falta de rigor en el debate de ideas es fuente de no pocos problemas. 



En fin, 'Dos conceptos de libertad' aportó un análisis particular a uno de los conceptos políticos más usados. Ustedes pueden simpatizar con el autor o discrepar de él; pueden incluso asumir hasta cierto punto ambos tipos de libertad, si así lo consideran, pues la auténtica incompatibilidad se da en la medida en que maximizamos la libertad positiva o la negativa. 

Aunque el artículo es igual de válido hoy que en el momento de su publicación, no puede entenderse completamente la crítica del autor si no tenemos en cuenta el contexto histórico, que comentamos un poco más arriba. Esta conferencia, y su posterior artículo, se publicó en plena Guerra Fría, en el momento en que dos mundos y dos grandes sistemas políticos chocaban entre sí. Tanto Estados Unidos como la URSS se consideraban a su modo democracias, y también a su modo consideraban que estaban ofreciendo libertad a sus respectivos ciudadanos. Es este el contexto desde el que Berlin considera esencial poner un poco de orden en estos conceptos y de paso enfrentarse al totalitarismo que estaba viviendo buena parte del mundo. 

Su posicionamiento en el bloque occidental no necesita comentario, pero su ataque desde el plano teórico es mucho más profundo que un simple posicionamiento geopolítico. Con este artículo, Berlin critica a cualquier tipo de acción política que pretenda fundamentar su autoritarismo en base a una pretendida libertad basada en la emancipación y la utopía. Su apuesta a favor del pluralismo y la tolerancia como la mejor forma de garantizar la libertad de los ciudadanos pasa por que ningún sistema político lleve al extremo la búsqueda de un ideal político en particular, ni siquiera la propia libertad. Por eso, la voz del viejo ruso blanco, el liberal que votaba a los laboristas ingleses desde el escepticismo que no considera a nadie portavoz de la verdad política, la pravda, sigue teniendo vigor hoy en día, cuando hace ya mucho que cayó el muro en Berlín. 




Isaiah Berlin, Dos conceptos de libertad. Alianza Editorial, 2018. Traducción de Ángel Rivero. Obra original publicada en 1958.

¿No será, como sospecho, que estamos ante el peligro de denominar aumento de libertad a cualquier avance de la situación social que sea contemplado con simpatía por el ser humano?

Comentarios

  1. Sería imprudente por mi parte cuestionar la interpretación de la obra de Berlin porque no lo conozco lo suficiente, tampoco lo conoce Aznar y todos esos próceres de la derecha aunque abusen de su nombre.
    Personalmente creo que el encaje entre libertad y emancipación social fue hurtado a la ciudadanía por el triunfo del pensamiento hegeliano que al llegar a Marx se hizo especialmente mecanicista con el transcurso de los años, ya que el joven Marx poco tiene que ver con el de los últimos años.
    El problema es el programa, tener un programa para llegar a un sitio. Hagamos el paraíso terrenal en la tierra, castiguemos a los malos y ensalcemos a los buenos. Una visión judeocristiana de manual, mezclada con ideas entresacadas del cientifismo de la época. La inevitabilidad de la emancipación es como una consecuencia lógica del materialismo histórico. Por el camino se quedaron movimientos muy sugestivos como los procedentes del socialismo histórico o del anarquismo anterior y posterior a Bakunin.
    Estoy de acuerdo con Errejón en que la libertad no limita con el otro y que incluso se prolonga en la libertad de los demás, ya que existe un principio de solidaridad. Sin solidaridad ¿qué puedo hacer como mi libertad individual en un estado de opresión colectiva?. El antagonismo no es con la sociedad si no con el Estado que recorta libertades individuales y colectivas.

    Saludos

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    1. Sí, el marxismo clásico tenía afán cientificista y era teleológico: la historia, movida por la lucha de clases, avanza hacia un fin inevitable, y este puede predecirse a partir de las condiciones materiales. Hay una influencia directa de la filosofía de la historia hegeliana y a su vez una huella de la religión.

      Respecto a lo que dices de la solidaridad, te agradezco mucho que traigas ese concepto a esta entrada, que yo también considero importante. Estoy muy de acuerdo con el valor que le concedes. He usado ese vídeo de Errejón porque lo tenía reciente y me ha parecido muy apropiado para ejemplificar ese uso diferente del término 'libertad'. Errejón contrapone el individualismo con la cohesión social y la búsqueda de intereses comunes, pero para ello da un sentido diferente a la palabra estrella que conforma la famosa máxima ''mi libertad termina donde comienza la tuya'', con la consiguiente confusión. La solidaridad puede contribuir a aumentar la libertad de los miembros de una sociedad, pero no puede equipararse en sí misma a la libertad individual. Quizá pueda parecer que la crítica conceptual aquí es espuria, pero tiene su importancia, sobre todo cuando es usada con fines manipuladores. Berlin, por supuesto, tiene en mente los estados dictatoriales y totalitarios.

      La confusión se produce a veces por miedo a aceptar que una demanda política puede entrar en conflicto con otra. Si el gobierno limita nuestras libertades civiles en tiempo de pandemia, es porque ha considerado que la salud pública es prioritaria, lo cual es muy comprensible; lo manipulador habría sido que comunicaran estas restricciones negando que están restringiendo libertades. ¿Cómo se recuperarían entonces? Si no definimos de algún modo las libertades, ¿cómo demandarlas? En el ''libro rojo'', Mao describe China como el ''reino de la libertad'', y claro, si se tergiversan mucho este tipo de palabras, se desdibuja su sentido.

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    2. En CTXT he visto este artículo que no me atrae especialmente, ya que no estoy muy de acuerdo con sus postulados, pero que puede ser interesante para esta entrada.
      https://ctxt.es/es/20210501/Firmas/36134/


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    3. Pues te agradezco el detalle de acordarte de este blog y haberlo dejado aquí, Doctor. Hay una dinámica, hasta cierto punto inevitable, en los blogs, que perjudica un poco el auténtico diálogo e intercambio de opiniones (como solo puede darse de verdad a viva voz, fuera de las redes) y es que el autor del blog - en este caso yo - suele tener la última palabra al contestar los comentarios, por simple convención. En este tipo de entradas, agradezco especialmente vuestras aportaciones.

      Respecto al artículo, diría que retrata un poco a brocha gorda las diferentes posturas, pero rescata las consabidas limitaciones del ideario liberal a la hora de asentar una sociedad que comparta valores comunes y cómo el posmodernismo comparte algunos de estos problemas. El final, un tanto impreciso al invocar el término 'comunismo' como solución mágica, me ha recordado al discurso de Slavoj Žižek.

      Rescatando lo mejor, en el fondo está la clásica reivindicación comunitarista, que con sus puntos fuertes y débiles (hay cosas que me interesan en esta postura y otras con las que discrepo), tiene bastante que decir en el debate actual. A este respecto, destaco la aportación divulgativa y crítica de Michael Sandel en Estados Unidos, por ejemplo, que hasta cierto punto es una actualización de la concepción aristotélica de la ética, unida a la política.

      Apenas me he seguido por encima la reciente polémica suscitada por Ana Iris Simón, porque estoy tenido una semana muy liada (con esto me disculpo también por contestarte tan tarde), y no quiero opinar alegremente sin haber escuchado su discurso completo, pero - corrígeme si me equivoco - a priori lo enmarcaría en la nostalgia de la sociedad de antaño, anterior a la globalización, el éxodo rural, el individualismo y el posmodernismo. No es la primera ni será la última voz que lance esas quejas. Creo que algunos datos que cita acerca del nivel de vida de entonces son cuestionables (una suerte de ''con Franco vivíamos mejor''), y quizá su mirada hacia el pasado tiene algo de leyenda rosa, pero si sirve para el debate público, tanto mejor. Y en un debate de verdad se contrastarían ideas y críticas sin tener en cuenta los intereses mediáticos y de partidos políticos. Por desgracia, las ideologías empañan este tipo de debates: unos la usarán contra Sánchez, otros contra el feminismo y posmodernismo, otros la atacarán porque se mete con Sánchez y otros porque arremete contra el feminismo.

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  2. Creo que en no poca medida la dicotomia entre ambos conceptos de libertad que planteaba Benjamin viene a reflejar la situación de nuestra clase política. Unos por defecto de conocimiento de la teoría política (Ayuso, Aznar [aunque éste último siempre haya alardeado de lo contrario]), otros por "exceso de cátedra" (permítaseme la expresión en el caso de Errejón), el caso es que el lenguaje político que emplean llega de distinta manera al público elector. Los primeros abogan por la defensa a ultranza del individualismo, del continuismo del neoliberalismo de Reagan & Thatcher, el segundo por una extensión hacia los conceptos de igualdad y justicia, resaltando la necesidad de no dejar de lado el concepto del bienestar ganado gracias a las políticas social-demócratas inmediatamente posteriores a la conclusión de la SGM. En la situación post-pandémica en la que nos encontramos, después de tantos meses de confinamiento, el simplista lenguaje político empleado por Ayuso ha calado más hondamente en el electorado, y de ahí su arrasadora victoria. En el lenguaje político actual prima mucho más (aunque este hecho tampoco es nuevo) el mensaje de marketing (por llamarlo de aquella manera...), el continente del titular que el contenido de las ideas (Herr Doktor hablaba acertadamente del programa).
    El cliente prefiere ahora que le vendan algo, aunque sea humo disfrazado de libertad, y si bien la ideología mantiene siempre su componente importante a la hora de elegir el producto, actualmente parece que tiene mucho menor tirón.
    Tomo nota del libro.
    Saludos,

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    1. Vaya por delante que no era mi intención desprestigiar a Aznar, por poca simpatía que le tenga, ni a Errejón ni a ningún político que haya podido nombrar. No les acuso de falta de conocimiento. Con Aznar solo me he referido a ese discurso en particular en torno a Isaiah Berlin, y de Errejón he usado igualmente un discurso puntual. Como imaginarás, no es casual que haya buscado ejemplos en posturas políticas tan alejadas. En el famoso vídeo del vino, Aznar representa la apología de la libertad negativa sin paliativos, mientras que Errejón cae en uno de los errores que señala Berlin con respecto a los apologistas de la libertad positiva.

      Muy de acuerdo contigo en que, en política, el marketing ocupa un lugar clave. Como dices, siempre lo ha ocupado, aunque ahora los medios de transmisión han aumentado las posibilidades, con la consiguiente importancia de los spin doctors, community managers y demás profesionales de las relaciones públicas. Y con la pandemia y el contexto actual, efectivamente, la campaña de Ayuso ha sido muy efectiva, aunque pobre de contenido; tanto por su marketing como por el hecho de venderse como una figura rebelde contra Sánchez. La irrupción de Iglesias (que acabó arrastrando al equipo de Gabilondo), enfocada en el fascismo, también es para darle de comer aparte, y ya se veía venir el resultado.

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  3. Sólo conocía a Isaiah Berlin por referencias, y me ha gustado lo que comentas sobre su discreción, que no buscase notoriedad y se limitase a su trabajo académico. Creo que eso le otorga respetabilidad y credibilidad.

    Hay varias ideas en tu texto que me interesan especialmente, y son las referidas al uso del lenguaje. Siempre he pensado que el lenguaje lo es todo, que de ahí deriva todo. Porque el lenguaje significa comunicación y pensamiento, y por tanto, utilizado de determinada manera, manipulación.

    Es cierto, habría que definir previamente de qué libertad se habla, de qué igualdad, de qué justicia, antes de entablar cualquier debate. Alguien dijo que hay que procurar no sólo que se nos entienda sino sobre todo que no se nos malinterprete. Y sin duda esa es la clave, pero parece que siempre hay alguien dispuesto a malinterpretar lo que no cuadre con sus ideas previas, o a tergiversar lo que le convenga hasta que cuadre con sus ideas previas.

    Por otra parte, creo que muchas personas defienden la libertad (algo tan abstracto y enorme, tan "proteico", reducido a una palabra multiusos) siempre y cuando sea una libertad que se ajuste a sus gustos, a su modo de entender las cosas, a sus ideas. O a las que han adoptado, precocinadas y envasadas por el partido político al que otorgan sus simpatías, para su consumo directo. En esos casos, ¿esas personas se sentirán libres?

    En fin, como siempre, una entrada interesantísma e instructiva.
    Un saludo.



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    1. Gracias, Ángeles. Como decía Javier, cada cual valora de distinta forma determinados conceptos políticos por sus respectivas tendencias ideológicas, lo cual es respetable. De la multitud de conceptos, la Ilustración imprimió su 'libertad, igualdad y fraternidad', que han marcado distintas líneas y pueden valorarse en mayor o menor grado entre sí. Como bien dices, los partidos políticos programan sus objetivos concretos pero envasan el continente en packs ideológicos cerrados para el consumo y la identificación fácil. En nuestro sistema de listas cerradas, es difícil comprender cómo un ciudadano puede coincidir al cien por cien con los cientos de propuestas de un partido, cuando es más comprensible pensar que damos puntualmente nuestra confianza a uno, a pesar de discrepar de algunas o muchas de sus propuestas.

      Suscribo la importancia que otorgas al lenguaje en cuanto comunicación y, potencialmente, manipulación. En el terreno político en particular, los conceptos comentados sirven además de guías morales, y por ello tienen esa característica 'proteica' que los vuelve en ocasiones herramientas de manipulación, sin por ello poder dejar de ser necesarios. Como dijo el propio Berlin:

      ''Los conceptos sociales y políticos son necesariamente vagos. La pretensión de hacer muy preciso el vocabulario de la política puede volverlo inservible. Pero tampoco se sirve a la verdad abusando de la vaguedad del lenguaje''.

      Orwell lo intuyó muy bien cuando escribió esa novela genial que es '1984'. Su 'neolengua', creada en el Ministerio de la Verdad, proscribe viejas palabras cuyo uso no solo debe prohibirse, sino extinguirse para siempre de la historia. Cuanto más limitado sea nuestro vocabulario, más limitada será nuestra comunicación y, por tanto, más manipulables seremos. Por eso, Berlin dedicó buena parte de su trabajo a desentrañar algunas vaguedades semánticas en el terreno político y a diferenciar los distintos usos de esos conceptos tan maleables.

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  4. Interesante artículo, y más en la época que vivimos. A mí me daba dolor de muelas ver las manifas de cayetanos en Madrid al grito de libertad, como si esta fuera un valor absoluto que hubiera que defender en cualquier coyuntura. Ayuso ha ganado en Madrid abusando de ese concepto, y hasta gente de otras tendencias insistían en lo mismo. En este momento la salud y la vida están por encima de la libertad, por más que no fastidie. En eso tiene razón Berlin, no se puede sacar de madre ningún concepto porque acabaríamos muy mal.

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    1. Muy de acuerdo, Chafardero. Un ideal, además, reducido a eslogan de moda, el de los autodenominados ''ayusers'', que da vergüenza ajena. Añadiría que los otros, al centrarse en una supuesta lucha contra el fascismo, también me la han dado, no solo por banalizar el fascismo (A estas alturas, el auténtico fascismo ya se ha convertido casi en una acepción más del término, y si no somos rigurosos con estos conceptos y recordamos la historia, caemos en el riesgo de repetir los peores pasos) sino por hacer descender, entre unos y otros, el debate público.

      Dejando el motivo de la campaña, más estético que político, y volviendo a Berlin, efectivamente, si elevamos cualquier ideal político a la máxima aspiración de un Estado, creamos una sociedad monolítica que traerá distintos problemas. Luego están los momentos de excepción como el que vivimos. Como bien dices, en una crisis sanitaria la salud pública es prioritaria, y deberíamos demandar un mínimo de responsabilidad a la clase política para apartar sus rivalidades y trabajar unidos en dicha crisis. Eso no niega la posibilidad de discrepancias, pero hacer bandera de la libertad frente al cierre de bares o la mascarilla, o pretender ganarse a nichos de votantes por el camino fácil, aprovechando la coyuntura, es otra cosa.

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