Ir al contenido principal

A la sombra de las Luces: la novela que escandalizó a Francia

 '¿Para qué sirven las novelas? ¿Que para qué sirven, hombres hipócritas y perversos? Porque solo vosotros planteáis esa ridícula cuestión: sirven para pintaros tal como sois.'

Quédense con esta cita, porque nos dice mucho tanto sobre la época como sobre su autor. Lo cierto es que, durante la última década del siglo, Donatien Alphonse François, Marqués de Sade, tenía motivos para defender este tipo de literatura. Muerto en vida (ya había sido ajusticiado en efigie) tras haber pasado demasiados años encarcelado en varias prisiones y hallándose al fin en Charenton, el escritor maldito no quería desaparecer sin asegurar su personal legado. Sus libros más atrevidos habían sido publicados anónimamente y circulaban entre el respetable, animando el escándalo, pero él ambicionaba poder ver al fin su firma en una obra importante, algo que le reportase algún beneficio económico y pudiera legar a la historia de la literatura sin perder la cabeza en el intento. Así, en 1799, el año del 18 de brumario de Napoleón Bonaparte, pudo al fin publicar ‘Los crímenes del amor’, una selección de novelas cortas que lucían su inconfundible estilo, si bien limado de excesos, donde añadió un interesante ensayo sobre literatura, regalándonos, entre otras cosas, sus impresiones sobre diversas novelas que han aparecido en este blog. Sade defiende a un género defenestrado por los pensadores del siglo y, a la vez, intenta justificar su propia aportación al mismo.

‘Nunca, repito, nunca pintaré el crimen bajo otros colores que los del infierno; quiero que se lo vea al desnudo, que se le tema, que se le deteste, y no conozco otra forma de lograrlo que mostrarlo con todo el horror que lo caracteriza.’

 Cuando se habla de Sade, hay dos errores en los que debemos evitar caer. El primero es tan burdo que no haría falta ni mencionarlo, pero existe todavía un mito popular en torno a su persona que nos habla de un criminal que propició las mayores tropelías antes de ser encerrado por sus actos; esta leyenda negra proviene de su propia época y, aunque distorsionara la realidad, se ha perpetuado en el imaginario colectivo. Hoy sabemos que Donatien Alphonse François fue una persona sensible, de carácter amable y trato sincero, a pesar de su pensamiento volcánico; su vasta cultura provenía de una biblioteca no menos vasta, cuyos restos fueron destruidos durante la toma de la Bastilla (Sade era el preso más famoso encerrado allí cuando estalló la Revolución). El marqués no era ningún santo, se había educado en los peores ejemplos desde niño y, efectivamente, protagonizó algunos escándalos que lo condenaron, aunque en este punto no se diferenció de tantos libertinos de su época. El crimen que horrorizó a sus contemporáneos no se encuentra en su vida, sino en su obra. 

El segundo error, de sentido contrario, tiene que ver precisamente con su obra, y aquí parafrasearé a Georges Bataille cuando advierte que, si edulcoramos a Sade, estamos falseando su pensamiento. Muchas veces se pinta al personaje como un hedonista que defendía el alegre disfrute frente a la moral convencional. Sade moralizó en contra de la religión y los valores tradicionales, recomendando a las mujeres que evitasen el matrimonio, o al menos tuvieran cuidado de no caer en los abusos de una sociedad que no estaba hecha para ellas, pero ese es solo un aspecto del autor. Si lo imaginamos como una cebolla con diferentes capas, en la parte profunda nos encontramos con su verdadero interés: la libertad artística absoluta, la transgresión más allá de cualquier límite y el estudio del mal en todas sus formas. La literatura sadiana es problemática, incómoda porque el propio autor quiso que fuese incómoda. El hecho de que saberse tan odiado quizá no fue ajeno a su afán transgresor. Como escritor, Sade enarboló una empecinada rebeldía que suscita cierta fascinación: de no haber existido, alguien lo habría inventado. 

Ya conocen esa maldición china que nos desea vivir tiempos interesantes. Sade vivió tiempos interesantes: el final del Antiguo Régimen, la Revolución y el periodo napoleónico. Su posicionamiento político es ambiguo, por defender el progreso y a la vez criticarlo, rechazando cada una de las etapas históricas mencionadas; podemos ver en ello una contradicción interesada a las necesidades perentorias del momento, o bien una coherencia con su profunda misantropía. Cuando cesó el Terror revolucionario y fue liberado durante breve tiempo, se le asignó un puesto en un tribunal del que dimitió enseguida, por no querer condenar a un preso; poco después fue sospechoso de ‘moderado’. A quien lo considerara un monstruo, por confundir la obra con el autor, podría parecerles paradójica aquella actitud, su aversión a la plebe embrutecida que disfrutaba del espectáculo como personajes reales de sus propias novelas. 

‘¿Acaso nuestros lugares públicos no se llenan de gente cada vez que se asesina a alguien conforme a la ley? Y lo que llama la atención es que el público está compuesto mayoritariamente de mujeres: estas se sienten más atraídas por la crueldad que nosotros porque tienen un espíritu más sensible. Eso es lo que los tontos no comprenden.'

Por otro lado, más allá del novelista, podríamos tomarnos en serio a Sade como pensador, lo cual es aún más problemático. Rüdiger Safranski, en el recomendable ensayo ‘El mal, o el drama de la libertad’ muestra a Sade como el doble sombrío de Immanuel Kant. Esta comparación no es nueva, pero tuvo que explicitarse en el siglo XX, pues aunque Sade fue ampliamente leído en el XIX, se trataba de una lectura subterránea, un secreto a voces del que casi nadie osó referirse abiertamente. Como saben, Kant es uno de los filósofos más importantes de la Ilustración y, con el permiso de David Hume, el gran crítico de la metafísica, al marcar los límites de la razón pura, la aspiración racionalista del continente. En el terreno moral, la ética kantiana es la fuente de los distintos tipos de deontología actuales. En su ‘Fundamentación de la metafísica de las costumbres’, Kant expone el famoso imperativo categórico, principio formal pensado para servir de guía a cualquier persona en cualquier lugar, superando los localismos e intereses particulares. Para el maestro de Königsberg, todo ser humano es un fin en sí mismo y jamás debe ser usado como medio, por lo que el egoísmo es una deficiencia racional, a diferencia de las acciones fundamentadas en el deber moral.

 El doctor Krapp comentaba, en el anterior post, que la luminosa época ilustrada provocó también, como reacción, un cansancio ante el exceso de luz. No hace falta acudir al romanticismo, pues la propia Ilustración aporta ejemplos elocuentes; no hay luz que no proyecte sombras, y nuestro Goya lo expresó muy bien en aquel grabado suyo: ‘el sueño de la razón produce monstruos’. El canon de la filosofía occidental nos muestra las líneas de pensamiento que mejor contribuyeron a cimentar nuestra civilización contemporánea, pero, al estudiar aquella época, tendemos a olvidar a los autores que se desviaron del camino constructivo que hemos establecido con posterioridad: son los ‘canallas ilustrados’, como titula Julio Seoane Pinilla su reciente ensayo, los autores que llevaron la lógica de su siglo por senderos peligrosos. 

De aquellas sombras, Sade es el ejemplo más paradigmático, el reverso antitético de Kant; no llegaron a saber uno del otro, pero nos las vemos con un doctor Yekyll y un señor Hyde: si Kant indagaba en el bien moral, Sade profundizó en una suerte de mal trascendente, basado en su coherente ateísmo y materialismo mecanicista; si Kant fundamentó su ética en la libertad humana como superación del determinismo natural, Sade, que no creía que el ser humano fuese libre, sostuvo la imposibilidad de pretender apartarse del orden natural; solo desde la imaginación puede darse una transgresión, y esta no lleva al bien, sino a las simas del mal. El discurso sadiano no solo se opone a la religión y a la moral tradicional, sino a cualquier tipo de ética constructiva.

‘En efecto, ¿hay algo más extraordinario que la superioridad que se arrogan los hombres sobre los otros animales? Pregúnteseles en qué se basa esta superioridad. ‘Nuestra alma’ responden estúpidamente. Roguémosles que expliquen lo que entienden por esa palabra, alma; ¡oh! en ese momento los verás balbucir, contradecirse’.


Immanuel Kant (izquierda) y el Marqués de Sade (derecha).

Llegados a este punto, debo responder por el título que he dado al post. Nuestro autor fue responsable de una obra diversa que incluyó desde piezas teatrales digeribles hasta novelas y cuentos. La novela en la que nos centraremos no fue su obra más extrema (llegaría a cotas insoportables en ‘Las ciento veinte jornadas de Sodoma’, que no fue publicada en vida del autor), pero sí la más famosa, la más efectiva para escandalizar al público, la que debido a su amplia difusión ocasionó mayor revuelo. La última condena de Sade, que lo encerró en varias prisiones insalubres y, por último, lo retiró al manicomio de Charenton, fue motivada precisamente por haber escrito ‘Justine’ (1791).

Existen tres versiones de esta novela, lo cual puede confundir al lector actual. La razón no se encuentra en el negocio editorial ni en ninguna reelaboración posterior, sino en el propio autor, que escribió tres versiones de la misma historia. La primera de ellas, bajo el título de ‘Los infortunios de la virtud’, no fue sino una novela corta que sentó el esqueleto argumental. Esto no lo sabía cuando cayó en mis manos de casualidad, siendo todavía adolescente, y luego me sorprendió encontrarme con la versión más conocida, la verdadera novela. Si no la han leído y se embarcan en esta obra por primera vez, traducida al castellano, pueden acudir a aquel primer esbozo, que ofrece una trama menos espinosa; aunque si se atreven a encarar la novela definitiva, les recomiendo que acudan a la que ofrece la editorial Cátedra; hay una tercera versión posterior, 'La nueva Justine', publicada en nuestros lares por Valdemar.

Resumir el argumento de ‘Justine’ es bastante sencillo. Dos hermanas huérfanas y desheredadas, que son expulsadas del convento que las había acogido, deben enfrentarse al mundo hostil: Juliette opta por sobrevivir utilizando todos los medios que tiene a mano, iniciándose en la prostitución y el engaño; Justine, por el contrario, decide mantenerse fiel a los principios morales que le han inculcado. Las hermanas se separan y, después de muchos años, se reencontrarán en complicadas circunstancias: Juliette ha prosperado y se ha casado con un señor de posición, pero Justine ha sufrido el destino más duro que pudiera imaginarse. La trama de la novela será la narración que realizará Justine de su propia experiencia. Una historia cruel, en suma, por usar a una protagonista cándida (y valga doblemente el término, teniendo en cuenta el aprecio de Sade por la novela de Voltaire), de la que el lector se apiada, como víctima de las maldades del mundo.

El subtítulo – título, en el caso de la primera versión - que dio Sade a la obra es una burla intencionada a la novela de Richardson ‘Pamela, o la virtud recompensada’ (1740), ya reseñada en este blog. En un plano moralista, ‘Justine’ nos ofrece un mensaje contrario al acostumbrado, al mostrarnos cómo seguir los caminos virtuosos no lleva a la felicidad, sino a la desdicha. El mundo que retrata el marqués está dividido en víctimas y verdugos, ingenuos y manipuladores, un reflejo pesimista de la Francia de su época. Es en esta lectura donde nos encontramos a un autor dispuesto a prevenirnos contra el dolor y la opresión provocados por nuestros semejantes. Como no somos libres, la única forma que tenemos de sobrevivir es dejarnos llevar por nuestra auténtica naturaleza, justificada en un egoísmo racional; de lo contrario, sufriremos inevitablemente a manos del prójimo. 

La novela está poblada de escenas truculentas, a veces inverosímiles, de insistente contenido sexual, pero el interés reside en los diálogos, que a veces son largos monólogos cargados de argumentaciones y sofismas que subvierten todos los principios morales. En ellos, Sade se disfraza de sus personajes para desarrollar sobre el papel su pensamiento, llevándolo hasta las últimas consecuencias. 

'El hombre del que hablo es obra de la naturaleza.

¡Es una fiera salvaje!

De acuerdo, pero el tigre y el leopardo, de lo que es imagen, ¿no han sido creados también por ella? El lobo que devora al cordero cumple las previsiones de esa madre común de la misma manera que el malhechor que destruye el objeto de su venganza o su lujuria.

¡Nunca admitiré esa lubricidad, por mucho que me argumentéis, padre!

Porque tienes miedo a convertirte en objeto de ella. Y eso es egoísmo… Si cambiamos los papeles, podrás concebirla… ¡Consulta al cordero!... Tampoco él será capaz de entender que el lobo pueda devorarlo.’

 El autor iguala a todas las personas en intenciones e inclinaciones, no importando que fueran nobles o plebeyos, ricos o pobres, hombres o mujeres. Sin embargo, la trama de ‘Justine’ está planificada con detalle para dar cabida a los diferentes personajes y discursos. En su esquematismo, Sade mantiene un ritmo creciente de horror y no deja títere con cabeza, implicando a todos los estamentos sociales: las perversiones del clero, la opresión de la aristocracia, la avaricia de los burgueses, la mezquindad del pueblo llano y la implacable insensibilidad de los jueces y funcionarios del Estado, institución sobre la que descarga su ataque final. Algunos de los personajes más odiosos vuelven a aparecer posteriormente, habiendo ascendido en la escalera social. En su meticulosidad, no se olvida de la ciencia, y se adelanta a la época inventando a un médico insensible que no tiene escrúpulos en usar a sus sirvientes, y hasta a su propia hija, para sus experimentos en nombre del progreso. El mecanicismo, que llevaba mucho recorrido a sus espaldas desde los tiempos de Descartes y Hobbes, es desvelado por Sade en toda su crudeza; él no aporta alternativa, porque no cree que exista.

Pero si hay algo que incomoda de ‘Justine’ es que cualquier interpretación que intente suavizarla se topa con una obviedad: Sade no se apiada de su mártir, se recrea en la crueldad y decide simpatizar antes con el lobo que con el cordero, sin ocultar que valora su libertad absoluta y brutal honestidad. Los monstruos, repito, no debemos buscarlos en su vida, sino en su pensamiento; sus escritos no solo pretendían desenmascarar al ser humano, sino abundar en la transgresión. En su ironía cáustica, este escritor no busca la simpatía del lector: quiere hacerlo rabiar de indignación.

 '-Pero ¡Por Dios! … ¿Es posible que ese canalla quiera que todo lo que le rodea siga sufriendo incluso mientras él duerme?

- ¡Si! Y es la barbarie que implica esa idea la que le procura ese rabioso despertar que le vas a ver… Se comporta como esos escritores perversos cuya corrupción es tan peligrosa y activa que su única finalidad al hacer imprimir sus espantosos sistemas consiste en seguir propagando la suma de sus crímenes aún después de muertos, porque saben que, aunque ellos ya no pueden cometerlos, sus malditas obras impulsarán a otros a emularlos, y esa tranquilizadora esperanza que llevan consigo a la tumba les consuela de la obligación de renunciar al mal impuesto por la parca'. 



Novelas y ensayos citados:

Georges Bataille, El erotismo. Tusquets, 1997. Traducido por Antoni Vicens y Marie Paule Sarazain.

Immanuel Kant, Fundamentación para una metafísica de las costumbres. Alianza, 2009. Traducción de Roberto R. Aramayo. Obra original publicada en 1785.

Julio Seoane Pinilla, Canallas ilustrados: enseñanzas de la Ilustración poco ortodoxa. Gedisa, 2019. 

Marqués de Sade, Justina o los infortunios de la virtud. Cátedra, 2004. Traducción de Isabel Brouard. Obra original publicada en 1791.

Marqués de Sade, Los crímenes del amor. Valdemar, 2008. Traducción de Mauro Armiño. Obra original publicada en 1799.

Rüdiger Safranski, El mal o el drama de la libertad. Tusquets, 2005. Traducido por Raúl Gabás.

Ahora les dejo algunos testimonios de la época, con la excepción de Petrus Borel, 'el Licántropo', sucesor espiritual de Sade y pionero de los llamados 'malditos' franceses, cuya cita he tomado de su novela 'Madame Putifar' (1839).


'A mi izquierda se sentó un anciano de cabeza baja y mirada de fuego. La cabellera blanca que le coronaba prestaba a su rostro un aire venerable que imponía respeto. Me habló varias veces con una elocuencia tan calurosa y una inteligencia tan variada que me inspiró mucha simpatía. Cuando nos levantamos de la mesa, pregunté a mi vecino de la derecha el nombre de este cordial caballero y me respondió que era el marqués de Sade. Al oírlo me alejé de él con tanto terror como si me hubiera mordido la serpiente más venenosa. Sabía que este detestable anciano era el autor de una novela monstruosa (…) Había leído este libro infame, que me había dejado la misma impresión de repugnancia producida por una ejecución en la place de Grève, pero ignoraba que un día vería a su creador admitido a la mesa del director de una institución pública'. (Armand de Rochefort)

'Lo que entiendo por gloria de Francia era el ilustre autor de un libro contra el que todos gritáis de modo infame, y que todos tenéis en el bolsillo, y pido perdón al querido lector; era, digo, el muy alto y muy poderoso señor conde de Sade [sic], cuyos degenerados hijos llevan hoy entre nosotros una frente noble y altiva, una frente noble y pura'. (Petrus Borel)

'¡Ay! ¡Qué incansable depravado! (…) Cuando al autor no se le ocurren más crímenes, cuando ya está ahíto de incestos y de monstruosidades, cuando ya se queda jadeando sobre los cadáveres a los que ha acuchillado y violado, cuando ya no le queda una iglesia por profanar, un niño por inmolar a su rabia, un pensamiento moral al que arrojar a las inmundicias de su pensamiento y de sus palabras, ese hombre al fin se detiene, se mira, se sonríe a sí mismo, no se da miedo. Al contrario…' (Jules Janin)

'Imperioso, colérico, irascible, extremo en todo, con una imaginación disoluta como nunca se ha visto, ateo al punto del fanatismo, ahí me tenéis en una cáscara de nuez... Mátenme de nuevo o tómenme como soy, porque no cambiaré'. (Marqués de Sade)

Comentarios

  1. He leido con mucho interés tu entrada , y lo primero que quiero hacer es felicitarte por tu buen trabajo.
    La obra del Marqués de Sade es desconocida para mi. Nunca he leído nada de él, pero no tardaré mucho en hacerme con un ejemplar de Justine, ya que ha despertado mi curiosidad y quiero satisfacerla cuanto antes.

    Un saludo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias por tus palabras, Antoni, me alegro de que te haya interesado.

      El estilo de Sade es dieciochesco pero muy particular, por subordinar la acción a los discursos de los personajes, y por sacrificar la verosimilitud al efecto que pretende conseguir. Esto puede gustar más o menos, y espero que no te defraude. Si así fuese, advierto que no tengo libro de reclamaciones, pero me pondré el casco, como decís los del Dream Team.

      Como digo en el post, tienes tres versiones disponibles, cada una de las cuales aumenta la extensión de la obra. La primera es un cuento largo que marca la línea argumental y te ahorra las escenas más truculentas y obsesivas de Sade, pero no es esa novela maldita que tanto escandalizó. Está editada, por ejemplo, por Akal.

      Si te animas con la novela acabada, te recomiendo la edición de Cátedra (que aporta la segunda versión), con el título castellanizado ''Justina o los infortunios de la virtud'', por el estudio introductorio de Isabel Brouard. Si no me equivoco, eres de Alicante: veo que hay un ejemplar disponible en la librería 80 Mundos. En cualquier caso, echa un ojo a las opciones que tengas a mano y elige la que más te interese.

      Un saludo.

      Eliminar
  2. Leí "Justine" hace ya demasiados años, en un ejemplar publicado por la Editorial Fundamentos en su Colección Espiral y que mostraba, en la portada, el frontispicio de la edición original de 1791. Me la recomendó uno de mis hermanos y, sotto voce, me comentó que había pasado empalmado alguna parte de la novela. Después de tanto tiempo no recuerdo si me produjo tanto flujo sanguíneo. Lo que si recuerdo es que me enfrenté a ella con cierto sentimiento de encontrarme ante una "obra maldita", como si su lectura fuera algo poco recomendable para las buenas costumbres y la moral convencional. Igual convendría releerla para comprobar si ambos efectos persisten.
    Muy interesante la observación que apuntas entre Kant y el propio Marqués de Sade. Leí hace muy poco el primer volumen ("Imitación y Experiencia") de la "Tetralogía de la ejemplaridad" de Javier Gomá. Me ha servido para comprender mejor tus comentarios en cuanto al ideario y la teoría del filósofo alemán.
    Tomo nota de los ensayos y novelas citados.
    Saludos,

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola, Javier.

      No he cargado las tintas en ese aspecto, pero es innegable el tono erótico de la novela; ahora bien, es un erotismo truculento (creo que abuso de este adjetivo, pero en este caso es muy apropiado) y a veces hasta incómodo, lo cual nos lleva al otro aspecto que comentas: el malditismo.

      Conozco a Javier Gomá solo por entrevistas, pero no lo he leído nunca, y eso que pinta interesante. Algún día agarraré alguno de sus libros. Te agradezco la referencia.

      Un saludo.

      Eliminar
  3. Gracias por aludirme. Confieso que no he leído a Sade y tuve ocasión de ello, pero leyendo cosas sobre el personaje no me apetecía especialmente. Ese es el problema, el personaje se ha tragado al autor y a su obra como suele pasar con las leyendas tan extremas de la cultura en general.
    Me gusta esa comparación que has hecho entre Kant el gran paladín de la razón y de la ética contemporánea y Sade el gran demoledor. Por un momento me has hecho pensar en el enfrentamiento en la Montaña Mágica de Thomas Mann entre Settembrini y Leo Naphta. El pensamiento racional y constructivo enfrentado al pensamiento antilustrado que cuestiona la razón y promueve una forma de misticismo primitivo.
    Es una entrada muy sugerente. Felicidades.
    Saludos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias a ti por el comentario, Doctor.

      La comparación entre Kant y Sade la han realizado varios autores, entre ellos Safranski en un capítulo del libro que cito en el post. Y es muy justa, sin duda. Si se quiere, los argumentos sadianos pueden refutarse con facilidad desde varios enfoques éticos, pero, a diferencia de otros destructores de la moral que se apoyan en alguna forma de irracionalismo, Sade mantiene un discurso centrado en el individuo y en su particular forma de concebir la naturaleza; está lejos de ser un romántico.

      'La montaña mágica' es una novela que tengo pendiente, pero algún día la engancharé porque que estoy seguro de que la disfrutaré bastante. Sobre ese tipo de enfrentamiento, retrocediendo mucho en el tiempo y salvando todas las distancias, pienso en el diálogo entre Calicles y Sócrates en el 'Gorgias' de Platón.

      Un saludo.

      Eliminar
  4. Te felicito por esta nueva entrada, que en realidad es un auténtico ensayo.

    No he leído a Sade, porque siempre he tenido una idea errónea de su figura y su obra, y nunca me he molestado en averiguar si esa idea tenía fundamento o era producto de esos errores que mencionas. Ahora ya lo sé.

    Como ya te han dicho en los comentarios anteriores, es muy interesante esa comparación que haces entre Kant y Sade, y que, salvando las distancias, me ha recordado la que hace Stevenson entre Thoreau y Walt Whitman.

    Por cierto, estoy estos días disfrutando mucho con la lectura de Caleb Williams, así que gracias de nuevo por tu entrada, que me motivó a leerlo. También hay mucho que meditar aquí sobre el egoísmo, los intereses personales, frente la razón.

    Felicidades de nuevo por tus textos.
    Un saludo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias, Ángeles. No llega a tanto, pero se agradece el comentario.

      Sade pasó casi treinta años de su vida encerrado, y por ello se le puede perdonar que a veces se metiese demasiado en su propio personaje. Como autor, eso sí, me resulta muy interesante.

      Esos ensayos de Stevenson, que has recomendado varias veces, pintan realmente bien.

      Me alegro de que te esté gustando 'Caleb Williams'. Es verdad que, aunque en el post me centrase en su crítica al sistema, el egoísmo es uno de sus temas centrales. Primero con Tyrrel y luego con el 'bueno' de Falkland. Me interesa tu valoración, así que cuando lo acabes ya me dirás, si te apetece, aunque sea en otra entrada.

      Un saludo.

      Eliminar
  5. Esta vez casi has llegado a un ensayo más que a un artículo, para mí muy interesante porque no controlo mucho a Sade. No lo he leído directamente y poco sé más allá de las referencias generales. Me parece muy acertada lo de lectura subterranea, y su valor como precursor, el primero que tuvo valor para mostrar pulsiones que estaban ahí pero nadie se atrevía a señalar. Me creo que la intención de Sade fuera la de mostrar al ser humano tal cual es, pero esas debilidades también eran las suyas, o eso me parece.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Chafardero.

      Sade tuvo bastante valor, sin duda, aun sabiendo que pagaría las consecuencias. Y con tu último comentario das en el clavo: muestra mucho más que ambigüedad cuando habla de la función de su literatura, sobre todo cuando su propia obra atestigua otras intenciones, no necesariamente contradictorias.

      Eliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Pasadizos góticos (II): heroínas en apuros

  Las fuertes nevadas han complicado nuestra travesía por los desolados páramos; estamos exhaustos y calados hasta los huesos. No quiero inquietarles, pero además sospecho que somos seguidos de cerca por un grupo de bandidos. En tales circunstancias, convendrán conmigo en que ese castillo en lontananza, recortado por los jirones de la noche, puede ser un refugio seguro. Así que aquí estamos otra vez, en esta pequeña serie de entradas donde repasamos algunos de los clásicos del primer gótico, sin ningún ánimo de exhaustividad, que por otro lado no podría permitirme. Nos quitaremos el sombrero antes de atravesar el portón principal, porque lo primero es el respeto a los maestros y, porque, si me aceptan la alegoría del castillo, ahora entramos por la puerta grande para rendir pleitesía a la anfitriona de la casa, la reina del gótico.  Como un antojo del destino, Ann Radcliffe nació en 1764, el año en que Horace Walpole publicó ‘El castillo de Otranto’. Durante su infancia y juventud surg

Carta intempestiva a Jean-Jacques Rousseau

  Lago Lemán. Gustave Courbet. Espero sepáis disculparme por dedicaros esta carta intempestiva; son tantas las misivas que estáis recibiendo que una más no podrá haceros daño. Os habrán parecido extrañas las trazas del mensajero, casi tanto como la ruidosa máquina sobre la cual galopaba, dejando una humareda tras de sí. Le escribo desde el futuro, señor; sé que resulta un tanto embarazoso, mas no se incomode: le garantizo que me cuento entre sus admiradores. Aún sigue conociéndose la obra que acabáis de publicar, la Julia, moderna Eloísa, por la cual habéis ganado tantos elogios y de la que tengo el gusto de adelantaros que será la novela más vendida del siglo. Monsieur Voltaire se ha dado prisa en desprestigiarla, alegando que contiene unas pocas páginas de trama y más de mil de reflexiones morales, pero esta vez no puedo estar de acuerdo con tan ilustre autor; además, vuestras relaciones, enfrentadas por más de un terremoto, no son lo que podría llamarse amistosas, así que debéis ent

Un Cristo con dos pistolas

Aún no había comenzado bachillerato cuando lo leí por primera vez, debía tener catorce o quince años. Supe algo de la película y quise leer el libro primero; creo que esperaba una inmersión en el mundo psiquiátrico al modo de 'Los renglones torcidos de Dios', de Luca de Tena, pero aquella novela era diferente, me marcó de manera especial. Por alguna razón, se me ocurrió la extravagancia de adaptarla al teatro. En aquel entonces, escribía pequeñas historietas que compartía con unos pocos amigos, aunque la idea de crear una obra de teatro era algo nuevo, y de hecho nunca más lo volví a intentar. Me entretuve dividiendo los actos y las escenas, diseñando los diálogos e intentando salvar el reto de esa jornada de pesca en la que los personajes abandonan el espacio principal de la acción. Todo esto, contado ahora, tiene su gracia: imagínense qué obra más chapucera podría pergeñar un chaval de catorce años.  Como con otros tantos proyectos, nunca terminé aquella adaptación, en parte