jueves, 4 de noviembre de 2021

El perro y el dragón (I)

 Érase un jinete cabalgando hacia París. Así comienza la historia que voy a contarles; puede que la conozcan o puede que no, y aunque nunca deben fiarse del todo de los narradores, yo intentaré ceñirme stricto sensu a la verdad. An veritas, an nihil, si me aceptan el pedante latinajo. Sitúense en los albores del siglo doce e imaginen lo que podía quedar de la vieja vía romana. París no era entonces mayor que lo que hoy consideraríamos una pequeña aldea; no se levantaba aún la magnífica catedral gótica que mucho tiempo después embellecería la ciudad. Allí se dirigía, sin embargo, nuestro jinete, cuya edad frisaba los treinta años. Este joven será uno de nuestros protagonistas, pero lo abandonaremos un momento para explicar qué hacía viajando a París.

En la imagen vemos el laberinto que se plasmará sobre el pavimento de la catedral de Chartres luego de los sucesos que voy a relatarles. Tomado de la mitología griega, el laberinto es un tema iconográfico muy propio del mundo medieval, pues representa, entre otras cosas, el camino sin pérdida hacia el centro geométrico, el respeto por la sabiduría de los antiguos unida a la fe cristiana. No había forma de perderse en el laberinto de Chartres, si el peregrino avanzaba por el camino marcado. Umberto Eco, realizando un guiño a Borges, utilizó el laberinto en su novela ‘El nombre de la rosa’, que tendrá no poca relación con algunas cuestiones que trataremos en las siguientes entradas; aunque el laberinto allí era, por el contrario, intrincado y peligroso, representando el conflicto intelectual y moral, de fe y de razón, que vivía su ficticia abadía del otoño medieval.

La Edad Media es un periodo demasiado amplio como para poder concebirlo como un todo; los mitos empañan su memoria y, desde la Ilustración, la opinión popular no hace justicia a sus aportaciones. La época en la que nos moveremos será la primera mitad del siglo XII, que supondrá, a todos los efectos, un renacimiento: el auge de las ciudades favorecerá paulatinamente la difusión de la enseñanza a clérigos no ordenados, así como un nuevo tipo de figura, la del maestro o lector. En el próximo capítulo echaremos un rápido vistazo a otro aspecto del siglo, pero de momento nos centraremos en el aspecto intelectual del mencionado Renacimiento del siglo doce, precursor de ese otro Renacimiento más conocido, que habría sido imposible sin los pasos dados en este. 

Para comprender el ambiente intelectual de esta época, aún deberíamos retrotraernos varios siglos y detenernos en las enseñanzas medievales del desmemoriado Occidente. Había sido Alcuino de York, en tiempos de Carlomagno, el que instauró en la escuela palatina las antiguas siete artes liberales. Aquel primer 'Renacimiento carolingio' se ciñó a poco más que la corte imperial. Tuve la oportunidad de visitar Aquisgrán durante un Interrail hace ya bastantes años, y ver lo que queda del palacio de Carlomagno, pero en realidad no existió ninguna capital imperial, sino una corte itinerante. 

A nivel cultural, no podemos desdeñar a aquel primer renacimiento medieval, ya que permitió que se salvasen y tradujesen antiguas obras perdidas en el continente, copiadas a través de los monasterios. Desde entonces, el llamado aprendizaje de ‘artes’ se dividió en ‘Trivium’ y ‘Quadrivium’; las primeras tres vías del conocimiento correspondían al estudio de la gramática, dialéctica y retórica; las segundas a la aritmética, geometría, astronomía y música, que hoy uniríamos en el término ‘matemáticas’. La música se concebía también dentro de los estudios matemáticos, y esto, como todo lo demás, provenía en última instancia del pensamiento griego. Para los pitagóricos, los números eran el principio; la naturaleza entera se regía por ellos, pues todos los fenómenos significativos podían expresarse mediante números, es decir, geométricamente; la aritmética fue un invento posterior a la geometría. Los pitagóricos habían acuñado también el término Kosmos, que significa tanto orden como belleza - de ahí procede la palabra 'cosmética' -. El Cosmos entero era para ellos armonía. No nos debe extrañar que, aparte de los desarrollos matemáticos, los pitagóricos cultivasen una mística de los números. Decía Filolao que 'todas las cosas que se conocen poseen número; sin éste no sería posible pensar ni conocer nada’.

En cuanto al ‘Trivium’, correspondía a los estudios referidos a las letras y elocuencia. Pero no debemos pensar que los medievales distinguían, como nosotros, las ‘ciencias’ y las ‘letras’. La Gramática tampoco tenía el mismo objeto de estudio que la gramática de nuestros tiempos: aquella se ocupaba no solo del estudio que hoy llamaríamos filológico, sino que comprendía una visión filosófica y literaria; con ella se profundizaba en los textos clásicos, aunque, en el siglo XII, los discursos de Cicerón y otros autores romanos de interés político, sin dejar de estar presentes en casi todas las bibliotecas, pierden protagonismo en favor de autores con mayor carga simbólica, como es el caso de Ovidio. Por su parte, la Retórica, trataba de enseñar a persuadir a través del lenguaje, creando discursos que mantuviesen elegancia y claridad expositiva. Estas ‘artes’ iban unidas a la sensibilidad literaria de la que hizo gala el siglo XII; sensibilidad y educación humanista que en parte se perderá en el siglo XIII, cuando se impondrá de forma definitiva la filosofía dialéctica de corte abstracto y especulativo, al servicio de la teología.

Y con esto entramos en el tercer ‘arte’ del ‘Trivium’, el único del que nos queda por hablar y el que más nos interesa aquí: la Dialéctica, o sea, la lógica. En este caso sí habrá un claro avance con respecto a los siglos anteriores, y no en vano el siglo XII ha sido también llamado el siglo de la dialéctica. El padre de la lógica había sido Aristóteles, conocido en el Medievo como ‘el Filósofo’, lo cual nos dice mucho sobre la imagen que se tenía del viejo pensador. En los siglos XII y sobre todo XIII, Aristóteles fue la gran autoridad en prácticamente todos los saberes paganos. Pero, a principios del siglo XII, su obra apenas había llegado a Occidente sino a través de Boecio, el transmisor, y comenzó llegando solo la lógica aristotélica, pues habría que esperar al siglo siguiente para que se recibiera, a través de la cultura árabe, el resto de la obra naturalista del ‘Filósofo’. Incluso la lógica llegó con cuentagotas, ya que en los primeros veinte años del siglo XII, en las lecciones de Dialéctica solo se contaba con la llamada logica vetus, que se componía de las obras peripatéticas ‘Categorías’, ‘Peri Hermeneias’ – sobre la interpretación – y el ‘Isagoge’ de Porfirio, traducido y comentado todo ello por Boecio. No fue hasta después la llegada de lo que se conoció como logica nova, también traducida del griego al latín por el viejo Boecio, y que aportaba los ‘Analíticos’, los ‘Tópicos’ y ‘Sofismas’. 

No debemos, en cualquier caso, caer en el error de pensar que el pensamiento pleno-medieval se limitó a repetir las viejas lecciones; la filosofía medieval es más rica de lo que puede pensarse, pues con las reglas de los viejos maestros, aquellos intelectuales hicieron malabarismos y desarrollaron teorías originales, que fueron preludio del desarrollo hacia el pensamiento moderno. 

¿De qué se encargaba la lógica? Se trataba, en primer término, de una especulación filosófica sobre la ‘Gramática’, o sea, sobre el lenguaje. Pero la lógica es una ciencia formal que estudia las reglas de la argumentación y atañe más a la forma que al contenido. Era preciso salirse del estudio de las formas y aplicarlas a diversos contenidos; ese era el auténtico objeto de la Dialéctica. 

Érase un jinete cabalgando hacia París, decíamos. En realidad, no hay constancia de que fuera a caballo o a pie, pero, de acuerdo con Régine Pernoud, que indagó ese largo viaje, es bastante probable que viajara a caballo. Este joven, natural de la lejana Bretaña, era Pedro Abelardo, el hijo mayor de un piadoso caballero que, reconociendo en su primogénito un especial talento para el estudio, lo motivó para que desarrollara su potencial. El adolescente, animado por su pasión por la dialéctica, renunció a los derechos de primogenitura y prometió convertirse en un campeón de aquel arte. Así, armado únicamente con unos pocos rudimentos de logica vetus, había abandonado la casa paterna para lanzarse a la campiña, buscando allá donde fuera a los mejores maestros para aprender nuevas materias y después vencerlos en buena lid. Porque Pedro Abelardo no era un estudiante cualquiera: concebía el camino intelectual como un guerrero siente el fuego de la batalla. Si tienen paciencia para acompañarme, veremos qué le depara la suerte en sus justas y torneos, no sin antes realizar una parada en otra región. 



'Abandoné el campamento de Marte para postrarme a los pies de Minerva. Preferí la armadura de la dialéctica a todo otro tipo de filosofía. Por estas armas cambié las demás cosas, prefiriendo los conflictos de las disputas a los trofeos de las guerras. Así pues, recorrí diversas provincias, disputando. Me hice émulo de los filósofos peripatéticos, presentándome allí donde sabía que había interés por el arte de la dialéctica (…) Llegué, por fin, a París, donde desde antiguo florecía, de manera eminente, esta disciplina'.

         (Pedro Abelardo. Historia Calamitatum) 

7 comentarios:

  1. Conozco al personaje y su leyenda tan teñida de romanticismo por la posteridad en prejuicio de los avances que supuso su pensamiento. Uno es cualquier cosa hacerlo en pleno siglo XII cuando la cultura era solo rescate y recuperación de lo antiguo permitiéndose pocas aportaciones no heréticas para los poderes.
    Por cierto, mucho se habla de la recuperación del mundo clásico en los diversos renacimientos medievales pero mucho menos del interés de la cultura occidental por emular a Bizancio todavía en su apogeo.

    Saludos

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    1. Donde pone Uno suprimé la U. Escribir desde la tablet tiene algo de tortura medieval aunque no de lo que le hicieron al bueno de Abelardo.

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    2. Hola, Doctor. Me alegro de que traigas a Bizancio, porque en el Occidente altomedieval no había reino ni feudo que pudiera competir con él en cuanto a herencia cultural. También la cultura árabe llegó a lo que llegó por Bizancio, y asimismo Bizancio fue en ocasiones un modelo político. Precisamente, el mundo carolingio lo tuvo muy en cuenta, y desde la altiva Constantinopla despreciaron las pretensiones de los 'césares' y patriarcas occidentales, que no equivalían para ellos al basileus bizantino.

      No tengo tablet, pero coincido en que escribir con ella debe ser dificultoso, a pesar de sus ventajas. De todas formas, pocas cosas son comparables a la tortura que dices, sí...

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  2. Qué interesante este camino que has iniciado.

    Yo conozco someramente la historia de Abelardo y Eloisa, de la que supongo nos hablarás también (no de sus amores sino de su relación "académica"), y he recordado con un poco de nostalgia mi visita a la tumba de ambos, en el cementerio del Père Lachaise.

    Por otra parte, tu referencia a la Retórica como el arte de "persuadir a través del lenguaje, creando discursos que mantuviesen elegancia y claridad expositiva", me ha hecho pensar en cómo cambian las cosas con el tiempo, incluidos los sentidos de las palabras. Hoy se habla de "retórica" con un sentido un poco despectivo ("déjate de retórica y ve al grano"), y cuando se intenta "persuadir a través del lenguaje", no se utiliza un discurso elegante y claro precisamente, sino más bien lo contrario. Bueno, así no me extraña que el concepto haya adquirido ese matiz peyorativo.

    Espero la segunda entrega, que tendrá sin duda el mismo tono "elegante y claro" (aquí sí) que esta primera.

    Saludos.

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    1. Me alegro de que te interese, Ángeles. Y supones bien, porque esa historia se paseará por aquí. Por cierto, ya me gustaría visitar esa tumba: en su día visité París, pero pocos días, así que no hubo tiempo para todo. Sí he podido visitar otros cementerios europeos con tumbas o mausoleos interesantes.

      Sacas un tema interesante también. Si pensamos en el marketing, o en la palabrería hueca que a veces abunda en la política actual, se entiende ese sentido despectivo, pero considerar que eso sea buena retórica es más que cuestionable, como dices. También en la antigüedad había quien desconfiaba de ese arte, aun cuando no se basaba en palabrería hueca, sino en discursos bien construidos y de belleza estética. Platón es el ejemplo más famoso, por su desconfianza de la persuasión emocional del discurso (paradójicamente, sus diálogos tienen gran valor retórico), y en 'La República' pretende incluso expulsar a los poetas de su ciudad ideal. Aristóteles, en cambio, consideraba a la Retórica un arte noble.

      Te agradezco el comentario, y espero que la segunda entrega, donde incluyo muchos datos, no resulte farragosa, retóricamente hablando.

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  3. No había reconocido al jinete, ni al principio, ni mucho menos al final, tan absorto me encontraba después de leer este Summa Academium con que has prologado brillantemente el texto. Nada menos que Abelardo y Eloisa. Ahí me quedo, estupefacto ante lo que promete ser una amplia revitalización del amor profano, con todas sus consecuencias.
    Maximam spem.
    Saludos,

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    1. Me halaga usted con eso de la Summa Academium, don Javier. Muchas gracias por el interés. Ya veo que conocéis todos la historia de Abelardo y Eloísa, pero espero que las siguientes entradas sean amenas.

      Un saludo.

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