jueves, 26 de noviembre de 2020

Carta intempestiva a Jean-Jacques Rousseau

 

Lago Lemán. Gustave Courbet.


Espero sepáis disculparme por dedicaros esta carta intempestiva; son tantas las misivas que estáis recibiendo que una más no podrá haceros daño. Os habrán parecido extrañas las trazas del mensajero, casi tanto como la ruidosa máquina sobre la cual galopaba, dejando una humareda tras de sí. Le escribo desde el futuro, señor; sé que resulta un tanto embarazoso, mas no se incomode: le garantizo que me cuento entre sus admiradores. Aún sigue conociéndose la obra que acabáis de publicar, la Julia, moderna Eloísa, por la cual habéis ganado tantos elogios y de la que tengo el gusto de adelantaros que será la novela más vendida del siglo. Monsieur Voltaire se ha dado prisa en desprestigiarla, alegando que contiene unas pocas páginas de trama y más de mil de reflexiones morales, pero esta vez no puedo estar de acuerdo con tan ilustre autor; además, vuestras relaciones, enfrentadas por más de un terremoto, no son lo que podría llamarse amistosas, así que debéis entender que su juicio no se encuentre predispuesto a vuestro favor.

Vos decís que los pueblos corrompidos necesitan novelas, y puede que tengáis razón: media Europa se deshace en lágrimas con los amores de Julia y Saint-Preux; la virtud es una diana y el corazón su certera flecha. Habéis querido hacer del lector una mejor persona, le habéis permitido sondear en las intimidades de dos valiosos jóvenes, unidos en una misma alma, a los que solo el prejuicio impone su tiranía: libres al nacer y, tan pronto, cubiertos de cadenas. ¡Ay! Pesan tanto las convenciones que ahogan al hombre, son tantos los caminos desviados que arruinan una naturaleza rebosante de potencial… Os habéis inspirado vagamente en la famosa historia de aquel lógico bretón y su discípula, trocando por completo sus personalidades. Él, como vos lo fuisteis, joven preceptor sin apellido ni alcurnia; ella, pupila casi de su misma edad, hija de un hidalgo; él, todo corazón, y ella pasión atemperada con prudencia. Vuestra Julia es la cabeza que dirige los pasos de ambos, y hasta diríase que se comporta a veces como una madre. Sé que valoráis la franqueza, monsieur, así que me perdonaréis si con esta pregunta corro el riesgo de avivar ciertos recuerdos: ¿no habéis creado en esa soñada amante un remedo de aquella madre que nunca tuvisteis?

Tengo que felicitaros, señor, por tan sagaz empleo del formato epistolar: me atrevo a suponer que nadie hasta vos lo había manejado con tal tino; unos pocos personajes han bastado para el entrecruzamiento de misivas y el despliegue de la trama. Del espacio principal poco diré, salvo que no he tenido la fortuna de pisarlo, aunque un ginebrino como vos lo conoce muy bien: el lago Lemán y sus alrededores, enmarcados entre las cumbres alpinas; qué reposadas pueden ser sus aguas en una noche de melancolía, y qué turbulento su oleaje cuando la pasión no encuentra diques. Qué decir, además, del uso alegórico de los bosques y los jardines. No os ha de extrañar que vuestra obra sea, dentro de unos años, principal inspiración de una nueva generación de jóvenes que, entre tormenta e ímpetu, se hagan llamar románticos. Pero vos, si bien diferente de los otros, sois un ilustrado: la virtud es compatible con el amor, y la razón con el corazón; eso no obsta para que una pasión reprimida desee arder en llamas antes que quemarse lentamente, y la pasión ingobernable entre el preceptor y la alumna habría ardido hasta las cenizas si no hubiese trascendido a una unión mayor, o al menos diferente. 

Sabéis que el tiempo todo lo fermenta, y con la novela habéis conseguido no solo emocionarme, sino sorprenderme: cuando fracasan las esperanzas, cuando Julia debe obedecer a su padre y casarse con un hombre mayor a quien apenas conoce… ¡Prosaica realidad! ¿Qué alma sensible no abogaría con todas sus fuerzas a favor de los jóvenes amantes y odiaría a su vez al intruso? Pero vos conseguís engañarnos y hacérnoslo simpático en la segunda mitad del libro, y esto termina de alejaros por completo de cualquier otro autor de amores infortunados: una elipsis de varios años ha conseguido cambiar a Julia, aunque no tanto a Saint-Preux, que se mantiene fiel a la Julia que fue, la Julia de sus más ardientes recuerdos, la Julia que ya no existe... Por empatía con el desconsolado joven, una de mis escenas preferidas, en la que como escritor desplegáis gran talento, es su reencuentro con Julia ya convertida en la esposa del señor de Wolmar. Ha pasado mucho tiempo en el extranjero, y el recorrido por aquellos lugares tan conocidos aviva el fuego de la nostalgia. Presente y pasado cohabitan los mismos espacios; según se va acercando a ella crece el miedo a lo que se encontrará; quiere dilatar el tiempo, retrasar al máximo lo inevitable. Lo que viene después no es menester contarlo aquí, pero ese pasaje marca un hito en el ecuador de la novela: los que fueron antaño amantes se volverán a conocer de nuevo como amigos, y la entrañable Clara, ese tercer personaje con el que hemos convivido desde el comienzo como confidente de ambos, acabará de confirmar un triángulo amoroso. Pero no diré nada más, no sea que esta carta, perdida en el tiempo, sea interceptada por otras manos. Señor, mi mayor elogio a vuestra novela pasa por confesaros que, tras terminarla, he deseado volver al leerla algún día, quién sabe si con otros ojos. 

No he dicho nada de tantas reflexiones sobre la sociedad y la cultura, muchas de las cuales seguís desarrollando para proyectos futuros. ¿Quién sois vos, señor? Quizá estéis repartido generosamente entre las distintas voces epistolares y sus correspondientes personalidades. Vos sois el filosófico señor de Wolmar, pero también la piadosa Julia y el apasionado Saint-Preux. ¿O acaso creíais que el desprecio del instructor por el París urbanita iba a pasar inadvertido? Más bien habéis lanzado un claro mensaje contra vuestros enemigos. Todas las capitales os parecen iguales; encontráis autenticidad en la vida campesina y rechazáis el ornato; os apiadáis del afligido, aplastado por el avance de una civilización que solo podéis mirar con desconfianza. ¿Me creeréis si os digo que estas ideas pintarán el futuro? ¿Cómo leeros, señor, con una mirada que no esté ya permeada con ellas? Habéis regalado también espacio a la música, dejando claro que preferís a los italianos por encima del artificio de los franceses. Yo, señor, que no alcanzo a conocer demasiado, he de confesaros que tengo en la mayor de las estimas la obra de ese cura veneciano, ese violinista virtuoso cuya música escucho durante las cuatro estaciones del año (lo siento por el arquitecto alemán del contrapunto, mas soy un sensiblero). Me habría gustado conocer vuestra opinión sobre cierto niño salzburgués al que augura una prometedora carrera; lenguas maledicentes dicen que es un mono amaestrado, y estoy seguro de que vos no aprobaríais la educación que está recibiendo, tan alejada de vuestro Emilio. Aunque mejor será que cambie de tema, pues no quiero importunaros con más cuestiones dolorosas.

La carta se alarga y no encuentro excusa para abandonarla: ni se me termina la tinta ni me he quedado sin pliegos de papel; en mi tiempo, señor, la escritura ha perdido su ligazón material, y con ello hemos ganado posibilidades, aunque nada pueda suplir lo que hemos perdido. ¿Me permitís ser de nuevo importuno? De todas las amistades perdidas, ninguna os ha causado tanta desdicha como la ruptura con Diderot; creedme si os digo que para él también ha supuesto gran pena, pues erais los mejores amigos. ¿Recordáis cuando ibais a visitarle al presidio? Un día tuvisteis una revelación por el camino y corristeis a contársela; él os miró divertido, sabedor de vuestro talento, pero os tomó a broma cuando vos hablabais en serio. Y esa revelación casi religiosa, que os ha ocasionado tantos sinsabores, terminará de germinar en el trabajo que estáis preparando. No comparto vuestras ideas, señor, pero os aseguro que lograréis cambios que traerán beneficio; la idílica libertad, no obstante, servirá también a otros para ajustar cuentas en nombre de la virtud y del terror: os lee hoy un joven, futuro abogado incorruptible, que afilando la hoja de vuestra voluntad general hará rodar cabezas. 

Ya no puedo extenderme más, aunque tampoco pueda escudarme en los calambres del monje. Os pediría que, salvando profundas diferencias, no olvidarais a aquellos con quienes compartís los auténticos enemigos, cuyos bufones van desde Palissot hasta ese mequetrefe del sobrino de Rameau. Disculpadme que una vez más sea franco: no habéis hecho bien descuidando así las relaciones; habéis dado la espalda a todos vuestros viejos amigos. Consiento en que tenéis parte de razón al quejaros, ya que no se han portado bien con vos, mas no dilatéis la suspicacia o acabaréis perdiendo la razón. Pero sé que no me haréis caso, pues os crecéis en la adversidad, así que más os vale prepararos para tiempos muy duros. Sé que vos, que habéis rechazado a un rey, os mantendréis firme en vos mismo. Lo sé: vos sois solo vos, el ermitaño, el paseante solitario. Solo vos. Vos solo. 

A sus pies, señor.


Jean-Jacques Rousseau, La nueva Eloísa. Cátedra. Edición de Lydia Vázquez. Obra original publicada en 1761.


'Recuerda tu firmeza, aprende a soportar el infortunio y compórtate como un hombre. Como el amante que Julia ha escogido. No, mi respetable amigo, no eras tú el autor de esa carta afeminada que quisiera olvidar para siempre, y estoy convencida de que ni tú mismo te reconoces en ella'.  
(Julia de Étange)

'El fuego corre por mis venas; nada sabría apagarlo ni calmarlo y solo consigo irritarlo si intento frenarlo. He de ser feliz, lo soy, lo admito, y no me quejo de mi suerte; tal como estoy no me cambiaría por todos los reyes de la tierra. No obstante, una desdicha real me atormenta, busco en vano huir de ella; no querría morir y muero; querría vivir por vos, y vos me quitáis la vida'. 
(Saint-Preux)



8 comentarios:

  1. ¡Qué maravillosa misiva! El contenido me ha interesado mucho, tanto como me ha gustado el estilo, que supone una deferencia encomiable -y muy lograda- por parte del remitente del futuro para con el receptor.
    Y la idea en sí, el concepto de la carta dirigida a un autor para expresar lo que nos inspiran su obra y su persona, me gusta irremediablemente, pues yo misma lo he puesto en práctica -aunque de forma mucho más modesta- en algunas ocasiones.

    Leyendo esta carta me he acordado mucho de Werther, por unas razones y de las Memorias de dos jóvenes esposas, de Balzac, por otras. Bueno, y de Poe también, porque en uno de sus relatos de Auguste Dupin, que he releído recientemente, cita esta obra de Rousseau. Y me encanta cuando un texto, en esta caso tu carta, me remite a otros y se establecen esas conexiones (a veces inconexas) que a mí tanto me gustan.

    En fin, me ha encantado, como digo. Un placer de lectura.

    Saludos.

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    1. Muchas gracias, Ángeles. He hecho lo que he podido y he disfrutado, que al final es lo importante en un blog. Y si encima me dices que tú también has disfrutado leyendo, misión cumplida. ¿Así que tienes también cartas a un autor? Pues, si están en tu blog, me gustaría leerlas, porque escribes bastante mejor que yo. Otro formato que algún día me gustaría probar, aunque resulte una chapuza, es el diálogo ficticio entre dos autores que nunca se conocieron o entre personajes de distintas obras: recuerdo con vergüenza que, cuando era estudiante, escribí uno entre Tomás de Aquino e Iván Karamázov, de Dostoievski… Mejor corramos un tupido velo.

      Me gustan tus ‘conexiones inconexas’, y las que hiciste en tu blog con respecto al diario personal son una lectura muy interesante, que disfruté a pesar de no haber leído los libros que usaste. Yo también he pensado en Werther leyendo la Eloísa, y casualmente releí los cuentos de Dupin hará poco más de un año, pero no recordaba que se mencionara esta obra de Rousseau (espero que fuese en 'La carta robada', que es mi preferido). La novela de Balzac ni la conocía, pero veo que es epistolar y pinta bastante bien, así que me la apunto.

      Gracias de nuevo.

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    2. Qué amable eres, gracias. En el blog sólo tengo una de esas cartas, aquí: http://juguetesdelviento.blogspot.com/2015/10/una-carta.html
      pero no es tan intelectual como esta tuya ni mucho menos. Espero que te guste, de todas formas.

      Y en cuanto a la cita de Rousseau, me temo que no está en la Carta robada, sino en Los asesinatos de la Rue Morgue. Hay una cita de la novela al final del relato, y en una nota a pie de página Poe indica que pertenece a la Nueva Eloísa.

      Saludos.

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    3. La tuya es una carta soberbia que no solo demuestra cariño y conocimiento sobre el destinatario, sino que enseña a otros a entrar en él. La mía no es más intelectual, ni mucho menos, aunque las referencias incluidas a modo de juego puedan dar esa falsa impresión.

      Un saludo.

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  2. Realmente es una carta estupenda que creo que Rousseau,un tipo por él que no siento la menor simpatía, recibiría con agrado ya que reflejan una lectura atenta y precisa de un texto que es preculsor de tantos otros de éxito en el Romanticismo.
    Quizás lo mejor del escritor suizo sea que aportó toneladas de pasión al frío razonamiento de sus contemporáneos.

    Saludos

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    1. Gracias, Doctor. Por lo que dices, seguramente pensemos parecido con respecto al Rousseau pensador. De su generación, yo tengo en el altar a Diderot y a Hume, y desde luego no suscribo ni la cruzada de Rousseau contra el progreso ni otras tantas ideas suyas. Su resentimiento contra los enciclopedistas y en general contra el movimiento ilustrado (a pesar de que, por su forma de razonar, él mismo fuese un ilustrado) es bastante revelador, y pese a sus rechazos a las distintas doctrinas, tiene algo de ese calvinismo tan propio de su tierra. Como personalidad creadora, sin embargo, me parece un monstruo, y en este post me he quedado con lo positivo. Es un autor que ha tenido históricamente adhesiones y odios acérrimos, lo cual es comprensible porque estamos hablando (nos guste o no) de uno de los pensadores más influyentes tanto en su tiempo como en la época contemporánea.

      Un saludo.

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  3. Vas a conseguir poner de moda el olvidado género epístolar como sigas escribiendo así. Como al doctor, Rousseau se me atraganta bastante. De La nueva Eloisa guardo mal recuerdo, fue otro libro leído a la carrera sin tiempo siquiera para digerirlo. Qui´zas, como dices, lo más importante sea lo que tuvo de precursor para los románticos.
    Saaludos

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    1. Hola, Chafardero. Estaba pensando en una variante actual del género epistolar usando los diálogos de whatsapp, que sería una cosa bien triste... Ya no sé qué quedó de aquello, pero los carteros cada vez trabajan más con paquetería y las cartas suelen ceñirse a lo administrativo y lo publicitario. En fin, al menos hoy en día tenemos la vacuna contra la viruela y la tuberculosis está controlada, así que no todo va a ser malo...
      Saludos.

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